Cuéntame un cuento…

A long, long time ago…

Así podríamos iniciar esta entrada, ya que nos referimos a esos pasajes falsos de la vida que, de tanto repetirlos se convierten en verdaderos. Hablamos las reliquias de santos, un mercado muy extendido a partir del siglo IV y que hoy en día sigue dando de comer a muchas personas alrededor de figuras poco creíbles.

Si pensamos que este tipo de mercado es nuevo nos equivocamos de pleno. Las reliquias de personas o personajes famosos siempre han existido, y lo mismo que en el siglo VIII las personas acudían en masa a ver el lignum crucis, estuviera donde estuviese, hoy en día algunos lugares se pelean por tener tal o cual chaqueta del famoso que murió a manos del marido de la mujer con la que se acostaba o la esquina en la que fue descubierto su cuerpo inerte debido a las drogas. El morbo inherente al ser humano es el que nos ha movido desde la Antigüedad a visitar lugares o restos que hemos pensado sagrados: escenarios de batallas famosas, vestimenta, brazos incorruptos… Todo vale para atestiguar que alguien santo ha estado en nuestra ciudad o pueblo, incluso el prepucio de Cristo que hasta hace unos años se custodiaba en una pequeña población italiana, aunque misteriosamente desapareció.

Pero nos vamos a centrar en una reliquia que he nombrado al principio y de la que casi todos los rincones de planeta presumen de tener su cachito: el famoso lignum crucis o vera cruz. La cruz en la que supuestamente fue colgado cristo para el perdón de nuestros pecados.

Corría el año 325 de nuestra era aproximadamente cuando una persona importante llega a Jerusalén con una misión: identificar lugares sagrados cristianos de la ciudad para que sean venerados. Durante un tiempo la comitiva que la acompañaba realizó averiguaciones sobre dónde o como encontrar dichos lugares y reliquias. Uno de esos sitios fue donde hoy en día se sitúa la Iglesia del Santo Sepulcro. Nos referimos a Santa Elena, madre del emperador Constantino y patrona de los que nos dedicamos a la arqueología, precisamente por esta serie de intrépidos hechos. Como digo, Elena pasó largo tiempo investigando hasta que se topó, según nos narraría Gelasio de Cesarea, con la cruz original de cristo, cerca de donde construiría la susdicha iglesia del Santo Sepulcro que, aunque les pese a algunos, sí se ha excavado sistemáticamente desde 1955 dando como resultado el llegar hasta los niveles más antiguos de la iglesia primitiva, precisamente la que se encargaría de erigir Constantino bajo la supervisión de su madre. Comienza entonces un largo periplo de aventuras para esa cruz, aunque existía un pequeño problema: se habían encontrado tres cruces iguales ya que Cristo había sido crucificado con dos personas más ¿Cuál sería la original? Suponemos la cara de desconcierto de Elena, con sudorosa frente: -maldición, y ahora cómo lo hago-. No hay ningún problema porque, aunque Gelasio no nos lo relata, Ambrosio de Milán, cronista católico de la misma época nos dice que era directamente la del centro porque llevaba la famosa inscripción que ahora vemos en la mayoría de crucifijos.

-Uf, menos mal-, pensó Elena. Ya tenían la cruz del mesías. Tras este episodio, como si del mismo Salomón se tratara, decidió partir la cruz por la mitad para que una parte estuviera en Roma y la otra en Constantinopla. Así no había peleas. Pero será a partir de entonces cuando, sobre todo durante la Edad Media, comiencen a aparecer restos de la supuesta cruz por todo el mundo cristiano.

Si nos centramos solo en España, tenemos repartidos restos de la cruz desde Girona a Caravaca de la Cruz, pasando por Valladolid, Salamanca, Málaga, Caspe, Liébana. Obviamente todos nos decían que tenían la original, e incluso han existido aunténticas luchas por ver quién tenía la de verdad, hasta que el Vaticano llegó a una conclusión: para que no se peleen, y como esto es más grande que un dedo o un brazo, con lo que puede dividirse en mil pedazos, vamos a decir que todas son verdaderas, y ya está. Ya no hay pelea. En la actulidad la de Caravaca de la Cruz, venerada desde el siglo XIV, se tiene como la más original de todas, teniendo en este siglo XXI la aprobación del Vaticano como ciudad Santa. Vamos, la “Q” de la calidad turística cristiana.

Ahora viene lo difícil, el desencanto con la maravilla. Vamos a parafrasear a Herodes en la película “Según Poncio Pilatos” (1987) de Luigi Magni, cuando éste se justifica por la matanza de niños al poco del nacimiento de Jesús: teniendo en cuenta que el método de la crucifixión era el más usado por los romanos a la hora de castigar -recordemos a Espartaco más de un siglo antes-; también que durante el siglo I d.C., la zona de Palestina era de las más conflictivas del Imperio con lo que muchas cruces habría repartidas por la región; a eso debemos añadir ese comercio de reliquias antes nombrado y, finalmente, que en muy raras ocasiones la madera aguanta tanto tiempo sin descomponerse, concretamente en dos situaciones diferentes: o en zonas muy secas -desierto- o en zonas muy húmedas -bajo el agua-. Si tenemos en cuenta todos estos factores y hablando por boca del Sargento Hartman: “¡Nos han tomado el pelo!”

 

ImagenSoporte del lignum crucis de Caravaca de la Cruz (Murcia)

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Un comentario en “Cuéntame un cuento…

  1. Francisco Gijón dijo:

    Para mí resulta obvio que la búsqueda de Santa Elena de las “Reliquias Máximas” tuvo una doble finalidad: otorgar objetos de culto que poder repartir geográficamente para reforzar la unidad religiosa del Imperio (de lo que iba quedando de él) y que el hecho de que fuese ella, en plan Indiana Jones, la que las buscase y encontrase, en calidad de mamá del emperador, legitimasen dicho hallazgo que, a todas luces, fue una falsificación perpetrada por personas in situ conocedoras de cómo debían haber sido las piezas originales para hacer una reproducción lo más fiel posible. En la Iglesia de la Santa Croce de Roma se custodiaron parte de los restos de la famosa placa del INRI que fueron sustituidos por réplicas de la réplica en el Medievo, tal vez por algún noble beato. Cuando el incendio de la iglesia, lo que se salvó fue la falsificación de la falsificación, y así nos lo demuestran las pruebas de radiocarbono. En cualquier caso, si algo ha aprendido uno de estos temas, es que tratándose de dogmas de fe encubiertos (como la dichosa Síndone de Turín) tanto monta si son reales o no. En el Vaticano tuve la ocasión de ver una sala llena de reliquias: casquería guardada en ricos joyeros. El paganismo de los católicos ha sido y es secular, máxime si partimos de la idea de que es una religión politeísta desde que abandonó el camino arriano.
    Muy bueno el artículo.

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