De santos y emperadores

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Hace casi dos mil años, en una sala que, pese a no saber como era, siempre la tenemos en mente como redonda, unos señores se reunían en una fría mañana para declarar lo siguiente: que Octaviano Augusto, hijo del Divino Julio, pasaba a ser desde ese día un divino en sí mismo. Esto quiere decir que, Augusto se convirtió en Dios. A raíz de esa proclamación en muchas ciudades del Imperio se erigieron edificios para honrar, recordar y realizar sacrificios al nuevo dios, Augusto. En mi ciudad, Cartagena, tenemos uno de esos edificios, el cual se construyó cercano al foro y que recomiendo visitar en cualquier desplazamiento que se realice a la ciudad. Hablamos del Augusteum.

Pero esa acción creó precedente, y en la mayoría de las ocasiones, cuando un emperador moría de causas naturales era elevado a los altares. Incluso alguno al que se le hizo la Damnatio Memoriae más tarde, era encumbrado junto con los dioses. Este hecho que puede ser entendido como un intento de representar continuidad dentro de un esquema político, aunque luego cada uno haga lo que quiera, simplemente se haría para mantener al Senado y al pueblo tranquilos ante el miedo al cambio, y como una unión entre lo nuevo y lo viejo.

Ya con la llegada de la religión cristiana, esta nueva expresión religiosa cogió de las religiones existentes, tantos hechos, personajes y representaciones como le fuera posible en algunos casos para aparecer como algo nuevo, pero conocido. Entre estas tradiciones o prácticas copiadas de otras creencias, podemos enumerar la del hecho de la celebración del nacimiento de Cristo el 25 de diciembre, coincidiendo con el día del Sol Invicto y el nacimiento de Mitra, o más adelante la celebración de algunos de los Apóstoles y Santos más importantes, haciéndola coincidir con días especiales en el calendario romano: cosecha, fiestas dedicadas a dioses con gran seguimiento entre la masa social, etc.

Tal vez, otro de los préstamos romanos a la religión cristiana y luego católica, sería el de esa divinización de personajes clave dentro del organigrama religioso-político. Y me explico -si puedo-. El pasado fin de semana hemos asistido a la canonización de dos Papas, Juan Pablo II y Juan XXIII, que se unen a la lista, escueta hasta el momento, de sumos pontífices elevados a los altares. No es casualidad que Francisco los haya divinizado a ambos el mismo día. Si nos abstraemos de lo puramente religioso, esta sería una maniobra política en la que se está diciendo que, por un lado apoyamos los cambios de Juan XXIII y queremos seguir realizando esa tarea para “modernizar” la visión que la sociedad tiene de nosotros -hay que entender que esta es mi opinión y no tiene por qué ser cierta-; por el otro, canonizamos a Juan Pablo II, del ala más dura, y así nos congraciamos con esos restos anquilosados que permanecen todavía en las altas esferas vaticanas. Divinizar, canonizar. Palabras que son prácticamente sinónimos si atendemos a ese esquema antes descrito.

Podríamos sacar más parecidos razonables entre la Curia vaticana –curia significa algo así como “ayuntamiento” en latín- y el Senado romano, como el número de personas que lo componen, aunque en el Senado este fluctúa entre la República y el Imperio; colores usados en cada caso para distinguir cardenal de obispo y entre senador y ciudadano. Todo forma parte de poderes parecidos y que, curiosamente han ostentado incluso a veces, en la Historia, derechos parecidos. Esto se debe a que muchas veces algunos senadores tenían cargos religiosos y no solamente políticos y viceversa, sabemos de cardenales y papas que han tenido una fuerte influencia política, sobre todo durante la Edad Media. Hoy en día el Papa, aparte de ser el representante de Dios en la tierra, es el jefe del Estado del Vaticano, el país más pequeño del mundo. Ambos centros de poder se sitúan en Roma, apenas separados por unos pocos kilómetros y para nosotros es apasionante observar esos parecidos más que razonables que nos hacen darnos cuenta de hasta qué punto la cultura romana impregna de manera práctica muchas veces nuestras vidas. Obviamente esto afecta más a los que se declaran católicos que a los que profesan otra religión, pero se puede estudiar desde el punto de vista histórico y antropológico. Vemos como, una vez más Roma vence y demuestra que sigue entre nosotros con fuerza.

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