Hermanos y enemigos

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El otro día me disponía a hablar de la figura del mítico héroe Herakles -qué no se habrá dicho ya, por Zeus- ya que me hubiera gustado poder terminar de ver la última película que han sacado sobre el personaje, pero era tan mala que mis lágrimas llenavan la sala de estar y tuve que parar la reproducción del film a la media hora de haber comenzado a verlo -supongo que cuando hable de Pompeya me pasará lo mismo-. Lo único bueno es que me recordó el personaje del hermano de Herakles -o Hércules, según gustos mitológicos- y de eso vamos a tratar hoy. De los hermanos heróicos y no tan heróicos. De esos personajes que se inventan para dar mayor profundidad a la persona que queremos loar.

Durante toda la Historia, en la literatura, cine, música incluso, el binomio “hermano bueno-hermano malo” ha sido un tema muy recurrente cuando, como he comentado ateriormente queremos enfatizar al personaje protagonista. La historia de nuestra amada Roma está ligada desde sus comienzos a hermanos que, pese a llevarse bien en un momento, parece que todo se tuerce al final y se enfrentan en un duelo fraticida. Rómulo y Remo son ese primer ejemplo mitológico. Pero tenemos otros casos en todo el recorrido cultural romano de los cuales vamos a elegir dos, por orden cronológico:

El primero sería el de Cómodo y Lucila. En este caso no son dos hermanos varones, sino el emperador Cómodo y su hermana Lucila, ambos hijos del Filósofo Marco Aurelio. Por culpa de la excelente película Gladiator -excelente como película pero una patada a la Historia de Roma, como todas las del género-, se nos ha mostrado a un Cómodo que asesinó a su padre y que estaba obsesionado con su hermana. Un emperador con el que comenzaría la caída del Imperio romano, como así se nos intentó hacer saber en la maravillosa película homónima. Nada más lejos de la realidad. Marco Aurelio murió de fiebres mientras realizaba su campaña número 17 en Germania -el “filósofo” y “humanista” Marco-. A Cómodo, barbudo y de 18 años de edad, el tema le pilló en Roma educándose para ser un buen gobernante, y tuvo que viajar a Vindobona -la actual Viena- para honrar a su padre y dirigir los funerales. Al ser tan joven, no se había casado todavía, y según nos narra Herodiano en su Historia del Imperio Romano desde la muerte de Marco Aurelio, escrita unos años más tarde de la muerte de Cómodo, fue su hermana la que ejerció al principio de lo que podríamos denominar “primera dama”. Pero al contraer matrimonio el emperador, Lucila habría quedado en un segundo plano, lo que habría provocado la rabia y envidia de ésta -siempre hablando por boca de Herodiano-. Y así llegamos al primero de los dos golpes de estado a los que tuvo que hacer frente Cómodo. Su hermana se alió con unos cuantos senadores e intentaron deponer al emperador. ¿Que cuál fue el desenlace? Ella exiliada y unos cuantos senadores menos. Más hueco en la curia. Finalmente, unos diez años más tarde Cómodo murió a manos de su Prefecto del Pretorio -jefe de la Guardia Pretoriana- mientras se daba un baño, el 31 de Diciembre de 192 y el trono salió a subasta…

El segundo caso lo encontramos unos veinte años más tarde de la muerte de Cómodo. Tras un breve interregno de cuatro meses en los que hubo un emperador títere, Pértinax, subió al trono después de una pequeña guerra civil Septimio Severo, primer emperador africano y creador de la dinastía Severa. Una dinastía que, tras su muerte estuvo condenada a una lenta desaparición que duraría unos veinte años. Éste tuvo dos hijos, Geta y Caracalla a los que les cedió el trono tras su muerte. Este hecho es muy común en la historia, desde los persas a casi nuestros días. Y como casi siempre, acabó mal. El plan era que ambos gobernaran juntos, pero Caracalla, una persona que según las fuentes escritas -sobre todo la Historia Augusta- se distinguía siempre por ser magnánimo, amable, divertido, simpático, amigo de sus amigos y que siempre saludaba -según sus vecinas-, acabó con la vida de su hermano un año más tarde de la llegada al poder de ambos. Militar incansable y poco amigo de politiqueos, concedió la ciudadanía romana a todos los habitantes del imperio, salvo, claro está, a los esclavos. Es lo que se ha llamado la Constitutio Antoniniana.

Y, finalmente no podíamos dejar de hablar del cinéfilo Herakles o, como casi todo el mundo lo conoce por la acepción latina, Hércules. Hijo de Alcmena y Zeus en un episodio copiado hasta la saciedad, en el que incluso se basan los cristianos del Nuevo Testamento -de eso hablaremos en otra ocasión- Herakles tuvo un hermano gemelo, llamado Ificles, pero totalmente mortal. Y aquí viene lo cristiano: Alcmena estaba en su habitación, se le aparece su marido -realmente era Zeus- y queda embarazada. A los pocos días vuelve Anfitrión de la guerra y se acuesta con su mujer -ninguno sospecha que el primer contacto había sido con la divinidad-, quedando ésta embarazada de Ificles. Nada más lejos de la realidad la supuesta lucha entre ambos hermanos, si obviamos el pequeño hecho de que una vez Herakles se volvió loco y mató por error a sus hijos y a los de su hermano. Cosas de familia. Ellos si estuvieron bien avenidos e incluso lucharon juntos en algunas de las correrías del gran héroe mitológico grecorromano. Su presencia en la vida del semidios la contempla el llamado Catálogo de las mujeres, que se le atribuye a veces a Hesíodo, pero obviamente no deja de ser mitología. Aunque muchas veces soñamos con que esos mitos y leyendas son ciertos y nos embarcan en aventuras imposibles de realizar si no se tiene imaginación.

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