De Superman y otros dioses

Recuerdo cuando hace aproximadamente hace un año fui a ver el último film sobre Superman -ésta vez producida por Christopher Nolan y dirigida por Snyder- del superhéroe clásico del siglo XX para el que escribe: Superman. Una película que promete tener, como mínimo una segunda parte, junto con la inclusión de la historia del héroe interplanetario dentro de la “Liga de la Justicia”.
Uno, que se ha criado viendo a Christopher Reeve volar por encima de Nueva York y sucumbir a los efectos de la Kriptonita, estaba un poco harto de las chapuzas que se habían hecho en las últimas décadas para intentar llevar la magia del cómic a la gran o pequeña pantalla. La serie de los años noventa era infumable, al igual que la adaptación para el cine de hace unos pocos años. De la serie de Smallville no puedo dar opinión porque no he visto ningún episodio. Tal fue la mala influencia que ejercieron en mí los actores de los años noventa.
Esta versión del clásico de DC me ha gustado más de lo que creía. Obviamente, cuando alguien va al cine a ver películas de superhéroes va con la premisa de trajes ajustados, poderes sobrenaturales y escenas de acción por doquier. Pero desde que Nolan nos invitó a entrar en su visión particular de Batman (mucho más cerca de los cómics y alejada de estereotipos que las películas anteriores de este personaje de ficción -excepto las de Tim Burton-), vas al cine pensando en que el ambiente creado por este creador de historias te envuelve y te acerca más al personaje principal, el cual tiene defectos humanos, alejados de esa perfección que se empeñan algunos directores en mostrar sobre sus héroes. Y no confundamos debilidad con defecto. Cuando me refiero a “defectos” hablo de cualidades humanas, comportamientos o sentimientos que se pueden interpretar como negativos por el gran público: el odio, el rencor, etc. Esos rasgos humanizan al personaje y lo acercan más a los espectadores o lectores. Aunque bien es cierto que algunas veces esas características pueden tener el efecto rebote de hacer pensar a los “humanos” que pueden estar más cerca del héroe.
Decía San Agustín algo así como que cuanto más te quieres alejar de todo lo que rodea a Dios, más te pareces a él. Supuestamente, si se intenta lo contrario, pasará que esas personas se alejarán más del modelo que quieren imitar. Por eso, la expresión “jugar a ser Dios” es muy repetida cada vez que alguien intenta crear vida, clonar o dominar a sus semejantes, convirtiéndose en algo alejado del modelo a seguir, precisamente por intentar imitar ese modelo. En las películas de superhéroes no faltan personajes que intentan dominar la vida de las personas, además de extraterrestres, como en el caso de Superman, que intentan hacer de la tierra su particular patio de recreo.
Pero volviendo el personaje de “El hombre de acero”, un pensamiento turbó mi mente mientras veía la película el otro día, y es el de ver claramente los paralelismos entre el cómic por antonomasia estadounidense y Cristo, en un intento no muy sutíl por parte de los autores de dar mensajes de un nuevo salvador o mesías (el enviado). El que sea enviado como la única esperanza de su pueblo, inmerso en una guerra civil que acabará con el fin de su cultura (en este caso de su planeta), puede deberse a la intrusión de Roma y los conflictos internos del reino de Israel, arrastrados desde una época anterior. Incluso hay frases en la película que dejan entrever el empeño de los guionistas por hacer patentes esos paralelos. La conversación con el sacerdote, que le afirma quedebe realizar un sacrificio personal por el resto de la gente para que ésta crea en él, la frase del mismo personaje diciendo “llevo 33 años viviendo en este planeta”, son pequeños destellos de ese empeño por hacer que Superman sea el nuevo Cristo.
Curiosamente hay otra película de hace algunos años, protagonizada por Edward Norton, llamada “El Ilusionista”, en la que parece que el personaje al que interpreta Norton también tiene bastante parecido con otros de los hechos de la vida de Jesucristo: hijo de un carpintero, desaparece a los 12 años, volviendo cuando tiene una edad aproximada de 33 a su ciudad natal, Viena, donde es aclamado por el pueblo como el mejor mago del mundo; su mejor truco es el de “resucitar” a los muertos (Lázaro) y muere a manos del poder establecido, “resucitando” a los pocos días, debido a una sustancia que ingiere para aparentar su muerte, con lo que se acrecenta su leyenda.
Como vemos, los paralelismos velados entre la vida de héroes, ya sean cristianos, griegos, romanos o modernos, son muy recurrentes tanto en la literatura como en el cine. Esperemos que estos no dejen de sorprendernos con estos paralelos, y que nostros podamos contarlos…
 
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