Carthago-Nova misteriosa -o no-

Si hace unos días comentaba las dificultades de algunas personas para quitarse el ego de los hombros a nivel general, hoy voy a centrarme en mi ciudad, Cartagena, la antigua Mastia Tartessiorum que antes había sido Teucria, y después Krt-Hdst, Carthago-Noua, Carthago Spartaria, Cartayanat al-Haiffa y finalmente Cartagena (también válida la acepción Cartajena durante parte de la Edad Media). ¿Es realmente tan abultada la historia de una ciudad? ¿Somos la joya del Mediterráneo? Pues a veces sí y otras veces no. Qué le vamos a hacer.

Cuando abrimos un libro sobre historia general de la ciudad -generalmente no escritos por historiadores de verdad, sino señores retirados que tienen mucho tiempo libre- encontramos muy poca información sobre la Edad Antigua -la que más me interesa-, la cual se envuelve en un halo de misterios, Santiagos arribando del mar, santos bizantinos, Augusto, Escipión, Aníbal y poco más. Sin embargo, cuando avanzamos y llegamos a la Edad Moderna, toda esa información se amplía gracilmente. ¿Por qué? Porque esos mismos señores se dedican a fusilar las actas capitulares del Concejo desde el siglo XVI, realizando una gran labor para esa época, pero dejando a la ciudad coja por las restantes. Libros como el de Juan Soler Cantó -médico de época franquista retirado que hizo su “historia” de Cartagena- son más leídos que los realizados por expertos de verdad. Esto se debe a que a la gente le gusta más la anécdota que el hecho, la fantasía que la realidad -a mí también, para qué nos vamos a engañar-; pero cuando se trata de lo que uno ha estudiado y manoseado, suelen tocar las narices afirmaciones como: Teucro, héroe de la Guerra de Troya, fundó Teucria donde hoy está Cartagena porque lo dicen “los sabios”. Con los sabios, la persona que me hacía referencia a ese “hecho”, hablaba, sin saberlo, de Silio Itálico, escritor romano copión de Virgilio que inventa una fundación mítica basada en la Guerra de Troya tanto para nuestra ciudad, como para otras tantas. E incluso podríamos remontarnos al mítico rey Testa, para ser los primeros,no ya del Mediterráneo, sino del mundo entero, pero el sueño nos dura lo que estemos dormidos. Bien, ya no tenemos tres mil años de Historia, válgame Dios.

Y seguimos con más “fechos”: a ese mismo autor como a tantos otros dentro de la corriente historiográfica -que no sé si sabiéndolo o no, seguían- del positivismo histórico, daban por hecho que tras esa Teucria hubo otro asentamiento, Mastia de Tartessos, citada por Polibio. El problema estriba cuando vemos que Tartessos estaría, si fuera una cultura o región, entre el sur de la actual Extremadura y la desembocadura del Guadalquivir. Claro, geográficamente nos vamos un poco, pero da igual. Dejamos el nombre de Mastia y punto. Otro problema, esta vez arqueológico, llega cuando repasamos las excavaciones en las que se ha llegado a niveles ibéricos en la ciudad, dando como resultado algún tipo de pequeño poblado fechado en el siglo IV a.C. Me cachis, otra vez nos cargamos los tres mil años de historia y las grandiosas teorías de Cantó y sus amigotes.

Pero la Historia no acaba aquí, obviamente. Llegamos a época romana -voy a obviar todos los errores garrafales centrados solo en la Segunda Guerra Púnica- y la conversión de los ciudadanos de Carthago Nova al cristianismo. Como no podría ser de otra manera, Cartagena fue la primerísima ciudad del mundo en ser cristiana, porque somos más papistas que el Papa. Recuerdo todavía con nostalgia esos souvenirs de la ciudad a modo de figurita en la que salía el teatro romano y la iglesia de Santa María, donde se podía leer: Teatro Romano de Cartagena (siglo I d.C.)-Catedral de Cartagena (siglo I a.C.). Obviamente antes de que el mismo cristo hubiera o hubiese nacido, los cartageneros ya celebrábamos la Semana Santa porque somos unos visionarios. Y tras la llegada de Santiago por el puerto de Santa Lucía en el año 37 d.C. -casualmente el año que comienza el reinado de Caligula-, más todavía. Claro, cuando a un vecino mío intentas explicarle que eso son los medievales que estaban muy locos y les molaba el rollo de inventar historias, te dice que eres un loco y que arderás en el infierno por contradecir al clamor popular -y más con algunas asociaciones que dicen defender el patrimonio de la ciudad, perolo que hacen es sembrar falsas semillas-. Señores defensores de la independecia de Cartagena: lo siento mucho, pero la Iglesia de Santa María se construyó entre los siglos XIII-XIV y Santiago nunca salió de Palestina -se lo impidió el muro israelí de la vergüenza-. Lo siento, de veras. Me gustaría que tuviéramos la mejor ciudad del mundo, y me encanta mi ciudad, pero hay que llamar a las cosas por su nombre. Está muy bien defender las ideas…cuando se pueden defender.

¿Y después del chasco?

¿Y ahora qué?¿De qué hablamos ahora? Pues podemos hablar de la capital militar y estratégica de los púnicos en Iberia, de la ciudad por la que entró primeramente la romanización, cocapital con Tarraco de la Citerior, de una de las ciudades que tuvieron el honor de contar, posiblemente, con la visita de personajes como César u Octavio -antes de ser Augusto-, ser la ciudad fuerte junto con Corduba de los ejércitos de los hijos de Pompeyo en Hispania.

La Historia de todas las ciudades, incluso contando la verdad, es muy rica.

Estatua de Teucro realizada en Pontevedra. Parece ser que por allí también pasó, siempre según Estrabón, un señor que hizo un libro de geografía sin salir de su casa.

Estatua de Teucro realizada en Pontevedra. Parece ser que por allí también pasó, siempre según Estrabón, un señor que hizo un libro de geografía sin salir de su casa.

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Historiadores, novelistas y viceversa

Muchos son los historiadores que se introducen en el maravilloso y fascinante mundo de la novela, y muchos, también los novelistas que hacen el camino contrario, queriendo transmitir algo más real que la invención de personajes e historias -que ya de por sí es un duro trabajo-. Vaya por delante que esta opinión no es crítica generalizada, pues así como hay novelistas que transmiten la Historia verdadera de una manera amena, también existen los historiadores plomizos que te duermen con solo separar los labios. Pero sí es una crítica a aquellos que se creen por encima del investigador simplemente por tener unos “best sellers” y un público adicto al misterio inventado y fingido.

Me levantaba ayer con el siguiente titular en un periódico, sacado de una entrevista a Javier Sierra -novelista por muchos conocido y con varias de sus obras en los top ventas-: “Mis novelas rellenan las lagunas que dejan los historiadores”. Este titular aparecido en la edición impresa del Diario de Sevilla, podríamos pensar que está sacado de contexto de la entrevista, pues de todos es sabido la querencia de algunos periodistas por buscar el morbo y la noticia donde no la hay. Pero lo que me deja estupefacto es que el mismo escritor -supongo que alguien en su nombre en la página de facebook- intenta justificar la respuesta del mismo, diciendo que bueno, no es que haya querido decir eso, pero que sí lo ha dicho porque es verdad.

Entiendo que no todo el mundo tiene que saberse la lista de los reyes godos. Cada uno es libre de dedicarse a lo que quiera o crea conveniente, siempre sin meterse en un campo que no domina. Por escribir novelas sobre supuestos misterios de la Humanidad -inventados o no-, uno no es historiador. La Historia es una Ciencia Social, con carrera propia en la Universidad y con un método científico de aplicación que, como en todas las ciencias ha ido evolucionando con el paso del tiempo, dejando atrás algunas teorías después de ser comprobada su utilidad o no, y adoptando otras nuevas. Me atrevería a decir que es una de las ciencas sociales que más se transforma, por esa obsesión que tenemos los que nos dedicamos al estudio de la Historia de una manera u otra, de intentar llevarla a toda la sociedad. El problema estriba cuando personas sin formación, al igual que pasa en todos los campos de estudio y trabajos, se creen en posesión de la verdad absoluta porque “me he leído un libro”. La labor del historiador -y esto no lo digo yo, es de primero de carrera-, también consiste en usar todos los tipos de fuentes que tenga alrededor, ya sean escritas, arqueológicas, epigráficas. Debemos tomar esas fuentes y ser críticos con las mismas, compararlas. Ver qué fuente es la más idónea. Eso no se consigue escribiendo novelas, sino acudiendo a la universidad y aprendiendo los mecanismos necesarios para poder realizar ese trabajo.

No soy ni el primero ni el último que acaba hasta las narices y más allá, con personas que no paran de revatir un tema histórico con el único argumento, ya expuesto anteriormente de “es que me he leído un libro”. Un novelista, por muy bueno que sea, nunca va a ser un historiador, y un historiador, por muy bien que explique la Historia, nunca va a ser un novelista. Entiendo que el señor Sierra se debe, como he escrito antes, a un tipo de público muy específico que piensa que los historiadores o los arqueólgos tenemos el Santo Grial escondido en la vajilla de nuestra abuela para que no sea encontrado, que el lignum crucis lo usamos para fabricar una silla o que el Arca de la Alianza es el baúl en el que nuestra madre guarda nuestros Cliks de Playmobil de cuando éramos pequeños; y todo para que no sea revelada la aunténtica verdad verdadera secreta de la Sábana Santa. Todo eso es un nombre, marketing, con sus seguidores y detractores, pero lo que no se puede hacer es engañar al público.

Estracto del "Diario de Sevilla" con la entrevista a Javier Sierra.

Extracto del “Diario de Sevilla” con la entrevista a Javier Sierra.