Flavio Josefo, o como ser un “chaquetero”

En la actualidad muchas personas se llevan las manos a la cabeza cuando su jugador favorito de deportes colectivos como el fútbol o el baloncesto decide cambiar de equipo, pero marcha al eterno rival, e incluso montan manifestaciones o amenazan de muerte a la persona. Pero imaginad por un momento que eso pasa en mitad de una guerra, cuando tu “país” está luchando contra un invasor extranjero y, de repente uno de los cabecillas de la revuelta que, además ha participado en fieros enfrentamientos contra esa potencia, llamada esta vez Roma, se marcha de tus filas al “equipo contrario”. La cara de estupor de quien hasta ese día habían sido sus compañeros de armas tuvo que ser de fotografía -una de las pocas cosas buenas que tiene la sociedad actual, que todo se queda grabado-.

Flavio Josefo, activista convencido, que había participado en la revuelta contra Roma de los años 60 del siglo I d.C., acabó sus días escribiendo sobre las antigüedades de su pueblo, las guerras en las que había participado e incluso una autobiografía en la que intenta justificarse. Pero su caso no es ajeno a la Historia Antigua. Tenemos a Polibio de Megalópolis que, tras luchar contra Roma  ser apresado tras una batalla, acabó siendo el escritor de cabecera de los escipiones, haciendo sus Historias para publicidad de dicha familia.

Así pues, de chaqueteros está el mundo lleno en todas las épocas de la Historia. En nuestra península lo sabemos bien pues, los íberos tenían fama, al igual que los celtas de la Galia, de cambiar de bando dependiendo del pagador y la conveniencia de cada caso, como bien lo muestra Tito Livio en su libro XV cuando estos abandonaron a su suerte al tío y al padre de Escipión el Africano en pleno combate contra los púnicos.

A favor del pobre Josefo he de decir que fue apresado durante la contienda y acabó sus días en Roma a sueldo de los flavios. De hecho en sus obras como Sobre la Antigüedad de los judíos habla de las tradiciones de su pueblo, cargando las tintas contra autores griegos como Polión, que hablaban de barbaridades practicadas por los judíos, como los asesinatos rituales de viajeros griegos, a los que cebaban para luego dar muerte (II, 94 y siguientes). Obviamente esta mala publicidad puede venir de una interpretación del Antiguo Testamento, cuando se habla del sacrificio molk que llevaban acabo los fenicios, el cual tampoco hoy en día está muy claro si fue practicado, o si se hizo, era como encontramos escrito en la Biblia.

Otro relato curioso de nuestro escritor judío favorito del siglo I d.C. es cuando nos habla sobre Antíoco Epífanes y el hallazgo en el templo de Jarusalén de una supuesta cabeza de asno, o una escultura de Moisés encima de un asno (II, 83). Este hecho que, según Josefo es falso, tuvo repercusión en autores posteriores como Tácito y Tertuliano, este último cristiano. A estos autores les venía bien este tipo de relatos para justificar el poder escribir mal sobre los judíos.

Josefo, que pudo haber participado en la batalla de Beth Horon, en la que un contingente judío venció a varias legiones romanas, se ganó el desprecio de todos sus conciudadanos al quedarse en Roma y escribir, en griego, sobre su pueblo. Aunque lo cierto es que, si bien en su autobiografía, como hemos dicho anteriormente intenta justificar el por qué está con los romanos, aduciendo que no son tan malos, que hay compatriotas que se han portado mal con él -esto nos recuerda mucho a “La vida de Brian” con el famoso “¿qué han hecho los romanos por nosotros?”-, en el resto de sus escritos lo único que hizo, aparte de hablar sobre la historia de su pueblo, fue meterse con los trabajos de autores griegos como el citado Polión, intentando desmentir las historias que se contaban sobre el pueblo judío. Es curioso el que aduce a veces a la falta de liquidez de los griegos y a la ayuda judía, tema que se ha convertido en un topos –tópico- muy extendido a lo largo de la Historia.

Posible retrato hecho en mármol del autor judío.

Posible retrato hecho en mármol del autor judío.

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