La vida de Vespasiano.

Cuando hablamos de Vespasiano debemos hacerlo desde la perspectiva de que fue el primer princeps -duradero- después de los Julio Claudios, la dinastía impuesta tras la muerte de Augusto. Su llegada al poder, como hemos podido comprobar, se produce en una época convulsa, llena de pretendientes que con más o menos apoyos, deciden un buen día declararse “Padres de la Patria” e incluso llegan a acuñar moneda para hacer valer sus pretensiones. Esta nueva dinastía será vista por las fuentes escritas como una nueva rama de paz y para ello no dudarán en descargar elogios, sobre todo en los dos primeros emperadores, Vespasiano y su hijo Tito.

Si nos acercamos a lo que los escritores antiguos como Suetonio escriben sobre la familia de este nuevo enviado, tenemos al igual que en el resto de hombres de este año tan movido, un origen a veces humilde, pero de personas que se hacen a ellas mismas y que, poco a poco, generación tras generación van escalando dentro de los diferentes órdenes sociales hasta llegar al personaje en cuestión, que representa la eclosión de importancia de sus respectivas familias. Además, con ese aderezo que los escritores imprimen a sus narraciones, parece que los dioses siempre quieren que sean estos quienes gobiernen y no otros, porque ya desde la cuna, o en su juventud, han recibido mensajes, llamadas divinas haciéndoles ver que ellos son los elegidos. Esto lo vemos en todas las religiones desde China a América, aunque no quiero decir nombres concretos, para no fastidiar al cristianismo.

En lo que respecta a las predicciones, con respecto a la figura de Vespasiano se mezcla tanto la faceta de, por ejemplo:

“En Judea cuando consultaba el oráculo del dios Carmelo, las suertes le alentaron prometiéndole que todo lo que planeara e ideara, por importante que fuera le saldría bien” (Suet. Vesp. 5,6)

mensajes que las divinidades envían al que va a ser emperador, con otro tipo de mensajes:

“se le acercaron a un tiempo un hombre de la plebe privado de la vista y otro con una pierna enferma pidiéndole la ayuda para su dolencia que les había indicado Serapis durante un sueño, [diciéndoles] que Vespasiano devolvería al uno la vista, si escupía en sus ojos, y restablecería al otro la pierna, si se dignaba tocarla con el pie. Y, aunque apenas creía que tendría éxito alguno y por eso no se atrevía ni siquiera a intentarlo, por fin, al animarle sus amigos, ensayó ambas cosas en la asamblea en presencia de todos y obtuvo el éxito”. (Suet. Vesp. 7, 2-3)

donde se observa en este caso al Flavio como un semidios, una persona que está predestinada y hasta cura a los enfermos.

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Casi, casi podemos aplicar el mismo argumento que los célebres Monty Python hicieron en su afamada Brian´s Life a este emperador el cual, ya al servicio de otros demostró su valía como militar en las campañas de la llamada “Guerra de los Judíos”, en el Oriente romano. Tanto él como su hijo Tito -el inteligente de los dos que tuvo- fueron aclamados por el pueblo de Roma y odiados por los habitantes de Judea, menos por Flavio Josefo, a él le caían bien.

Tras llegar al poder, al ser el único que gobernó durante unos años, pudo desarrollar una política de redistribución de las provincias occidentales -véase el ejemplo de Hispania-, del ejército -aunque no tan radical como en tiempos de Mario u Augusto-, e incluso una reforma de la ciudad de Roma, abandonando el viejo sueño neroniano de la Domus Aurea y devolviendo parte de los terrenos a las personas a las que se las había despojado de los mismos para hacer realidad el sueño del último de los Julio-Claudios. Entre esas familias figura la de los Lamia, que anduvieron por Hispania desde tiempos de Augusto y a los que se les habían arrebatado los Horti Lamiarum. De esa familia tenemos noticias en nuestra península pues parece ser que precisamente en época flavia se construyen algunos de los edificios termales en ciudades del ámbito hispano, como en Valeria. Tras la conquista de Jerusalén en 70 d.e.c. comenzó la reedificación de Roma. Al igual que casi cien años antes había hecho Augusto, Vespasiano apoyado en su hijo Tito -¿dónde está Domiciano?- realiza obras en la ciudad para hacer ver a la población que con él llega de nuevo la Paz y de esa manera asentarse en el poder. Así, se construyó el llamado Templo de la Paz, que además de los restos arqueológicos que podemos apreciar hoy en día cuando viajamos a Roma y paseamos cerca de la Vía dei Fori Imperiali (calle construida en tiempos del “gran” Mussolini rompiendo edificaciones romanas para celebrar sus triunfos), en algunos escritores como por ejemplo en Josefo (Bel. Iud. VII, 5.7-158), Suetonio (Vesp., 9) o Dion Casio (LXV, 15.1) se ve reflejada su construcción.

Pero si algún edificio sobresale por encima de todos los que para la posteridad dejó Vespasiano y que está unido a su nombre, fue el único que él no pudo ver terminado en vida: el anfiteatro Flavio u Coliseo -llamado así por una estatua colosal de Nerón que había en las proximidades-. Éste fue inaugurado por su hijo Tito precisamente con unos juegos a la memoria de su padre.

En Vespasiano convergen una serie de valores como la honradez y el ahorro que a veces han sido llevados al extremo por los autores del momento como el archiconocido por todos nosotros tras estas entradas, Suetonio. Parece ser que incluso osó el emperador en poner impuestos que iban más allá de la lógica -como en la España actual al sol-. Veamos un fragmento:

“Cuando su hijo Tito le censuraba por haber inventado incluso un impuesto sobre la orina, le acercó el dinero obtenido del primer pago a las narices y le preguntó si le molestaba el olor; y al contestarle que no, replicó: Pues es fruto de la orina” (Suet. Vesp. 23.3).

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