Cita

Sobre la corrupción. A roman tale…

Siempre he pensado que hay comportamientos inherentes al ser humano y que estos, independientemente de épocas, hechos, contextos, siempre salen a la luz cuando menos lo esperamos. Cuando tratamos un tema como el de la corrupción en época romana, no podemos evitar echar una ojeada a los periódicos actuales, donde casos de diversa índole e ideología pululan por las noticias y hasta se han convertido en normalidad. La corrupción, en sociedades como la nuestra, ha sido aceptada en todas las capas de la sociedad, y muy pocos se libran de esa espiral.

Los clichés sociales con los que vemos épocas pasadas nos hacen pensar muchas veces que ciertas culturas anteriores a la nuestra han sido peores o mejores, porque destacamos un hecho, no la cultura entera. Por suerte, con la historia de Roma, en los últimos años y gracias a la labor de investigación y divulgación de diversos autores, se ha producido un acercamiento más realista debido a los estudios sobre las que podríamos catalogar como clases populares. Tal vez el que la crisis que nos sigue envolviendo hoy en día haya afectado a la mayor parte de la sociedad, ha hecho que algunos investigadores centren más sus estudios en esas clases, que son las que realmente se ven afectadas en su mayoría por los recortes del presente y los fiascos del pasado.

Ya se lamentaba Salustio, autor que he tratado para este artículo, en su ensayo sobre la conjura de Catilina, de que en ese siglo I a.e.c. de grandes cambios, la sociedad romana había abandonado las tradiciones que hasta la guerra contra Carthago habían distinguido a la ciudad del Lazio (Cat. 10, 3-11,4).

En este artículo me voy a centrar en dos episodios acaecidos en tiempos de la república: el primero, por orden cronológico, citando el soborno que hizo Yugurta a ciertos políticos romanos para salir absuelto del delito que se le había imputado; y luego con el caso de Rabirio Póstumo, un político romano que fue defendido por Cicerón del delito de concusión.

Si viéramos a Yugurta con los ojos del siglo XXI, más de uno pensaría que le hace falta un “hermano mayor”, pese a que rebasaba la treintena cuando ocurrieron los hechos que narro. Parece que todos los pecados de la adolescencia caen en este personaje que puso en jaque a la Roma de Mario y sus amigos. Ambición, poder, envidias, guerras familiares. Este muchacho lo aúna todo en una sola persona. Pero centrémonos en los hechos concretos que, a su vez provocaron la llamada Guerra de Yugurta, donde hombres como Mario y Sila se curtieron para luego llegar a ser los amos de la República. Corría el año 113 a.e.c. y un joven Yugurta, no satisfecho con tener una parte del reino de Numidia, invadió Cirta, mató a Aderbal y de paso a unos cuantos comerciantes romanos. Claro, esto a Roma no le sentó especialmente bien, cosa que Yugurta no comprendió. Al fin y al cabo sólo eran unos pocos comerciantes, ¿qué podía salir mal?  Todo el peso del Imperio cayó entonces sobre esta zona que en la actualidad ocupa gran parte del Norte de África, desatándose una guerra que duró la friolera de siete años aproximadamente y que terminó, como era de esperar, con el inquieto e impío Yugurta en poder de una Roma que no le perdonaría sus sobornos y le ajusticiaría, finalmente, en 104 a.e.c.

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Moneda conmemorativa de la captura de Yugurta por Sila (Fuente: wikiseurce)

Aunque unos años antes, cuando el cerco de la ciudad de Cirta antes mencionado, y la muerte de Adérbal, se le exigió a Yugurta acudir al senado de Roma para explicar los hechos. Éste se llegó a trasladar a Roma pero, oh dioses, nunca llegó a declarar. Incluso se había establecido una comisión para tratar el tema de la muerte de los comerciantes italianos en suelo númida, además de la paz que Bestia, el Cónsul de aquel año, había firmado con el gobernante, debido a que era demasiado favorable a éste último (Iug. 29 y ss.). Pero el veto de uno de los tribunos de la Plebe, Cayo Bebio, contra la opción propuesta por Cayo Memmio impide tal hecho. El joven gobernante continúa en Roma viviendo a cuerpo de rey mientras la indignación crece en la población, que ven movimientos raros en un Senado que poco a poco iba perdiendo la confianza tanto de la plebe como de los grandes hombres de su tiempo. Y así nos lo cuenta Salustio en su Iugurta (34 y ss.). Esto quiere decir que, había personajes tan influenciables, cobardes y flojos de bolsillo, que no dudaban en ganar un dinero a costa de las vidas de sus propios compatriotas, como el caso que nos ocupa. Es fácil imaginar, cuando vemos el cuadro de August Müller, a Yugurta en un callejón escondido mientras el Tribuno Bebio se acerca, con la cara y la vergüenza tapadas por la cubierta de la ambitio, en una noche cerrada y con el único acompañamiento sonoro de una bolsa llena de dinero para encubrir los delitos producidos.

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Augusto Müller, “Jugurta”. Museu Nacional de Belas Artes (Sao Paulo) [Fuente: wikisource]

El segundo caso que nos ocupa es el de Rabirio Póstumo, un político y hombre de negocios que fue acusado de concusión, un delito que consiste, en este caso, en apropiarse de más dinero del que le correspondía por llevar anualmente las finanzas de Egipto. Como bien dicen Fernández Uriel y Jiménez Escalona en su artículo “Corrupción en monarquía ptolemaica: Rabirio Póstumo”:

“Este proceso muestra importantes relaciones económicos y políticas entre Roma y Egipto” (p. 37).

Esto quiere decir que el intrusismo romano en torno al año 60-55 a.e.c. en la que luego será provincia del Imperio, denota esa querencia por hacerla suya o, por lo menos de acercarse sigilosamente al poder de los ptolomeos.

De hecho, este caso comienza unos años antes, en casa de Pompeyo, como narra el mismo Cicerón, defensor de Rabirio. Lugar donde se reunieron Ptolomeo XII y los amigos de Pompeyo para que estos le prestaran el dinero necesario para crear un ejército con el que recuperar Egipto de las manos de su hija y usurpadora, Berenice IV. Este hecho se consagró, pero Egipto quedó en deuda con Pompeyo y sus clientes, uno de los cuales había sido Rabirio. Para compensar el que no iba a cobrar, o iba a tardar mucho en hacerlo, Ptolomeo nombró a Póstumo una especie de ministro de hacienda. Sirva de ejemplo la típica empresa que un buen día, no sabes porqué, aparece en tu ciudad llevando todos los servicios que teóricamente eran públicos. Empresa perteneciente a un empresario que prestó dinero a tu alcalde/sa en su momento -elecciones- a cambio de tener algún tipo de trato de favor. ¿Os suena? Se llama tráfico de influencias.

El tema fue que Rabirio empezó a coger dinero de las arcas públicas de Egipto, Ptolomeo se enteró y lo acusó ante el Senado, en el año 54 a.e.c., del delito de concusión, que ya he explicado antes. Pero gracias a la ayuda inestimable de Cicerón, el cual dejó todo escrito en su Pro C. Rabirio perduellionis reo ad quirites, de una condena de muerte, se pasó a un simple exilio del que el político romano volvería en tiempos de César.

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