Cita

El enterramiento de Vix. (siglo V a.e.c.)

Imaginad una noche cerrada de otoño en la actual costa atlántica francesa. La luna no ha hecho su aparición, acurrucada entre las nubes que cubren un cielo sombrío desde hace un par de días. De entre las brumas nocturnas, un sonido hueco de crepitar de antorchas acompaña a la procesión que va tras un carro inmenso, de los que casi no se ven por tierras más al sur. En el carro, el cuerpo inerte de una señora, uno de los personajes más importantes de la población, es seguido por otros soportes en los que encontramos montones de piezas, todas pertenecientes a la difunta. De entre el ajuar destaca una inmensa crátera de bronce, de más de un metro y medio de alto. Las cráteras, que se usan en rituales que tienen que ver con comidas y bebidas copiosas, son propias del mundo griego. Eso significa que la persona a la que sigue la procesión en completo silencio, es un personaje rico e importante.

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Detalle de un asa de la crátera del enteramiento de Vix, en el que se aprecia la cabeza de Medusa. (Fot. National Geographic)

La comitiva llega a un pequeño montículo donde se ha construido una cámara que servirá de descanso eterno para el cuerpo de ésta señora y todo lo que a ella le acompaña.

Pero en 1953, el equipo del señor René Joffroy, continuando las excavaciones que terriblemente tuvieron que ser cortadas debido a la Segunda Guerra Mundial, dieron con la cámara mortuoria de éste gran personaje que vivió a caballo entre los siglos VI-V a.e.c., dentro del periodo que llamamos de las culturas de La Téne y Hallstatt. Imaginad la cara de la persona que entrara primero a la cámara.

Cuando excavamos una tumba antigua, la sensación que eso nos produce, de conexión cercana con la cultura que estamos investigando, con la persona a la que vamos a devolver del anonimato. No hay palabras para describirlo. Hace unos años tuve la inmensa oportunidad de participar en la excavación de una necrópolis ibérica en las cercanías de Archena (Murcia), datada en torno a los siglos III-II a.e.c. Cuando quitas las últimas capas de mortero y llegas a la fosa excavada hace más de dos mil años, y encuentras todo el ajuar intacto, en su sitio, piensas que nadie ha visto lo mismo que tú y tus compañeros desde aquella noche perdida en la inmensidad del tiempo, cuando las últimas llamas de la hoguera en la que quemaron el cuerpo se apagaban y los restos eran recogidos en una urna.

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Plano de la tumba de Vix. (Fot. UAM)

Esa misma noche es en la que se apagó la vida de la mujer enterrada en Vix, y cuyo cuerpo fue enterrado en un monte para que, aun desde la distancia entre la vida y la muerte, controlara todo lo que acontecía a su alrededor, como testigo de su cultura, costumbres y hechos. Esa tumba está en un importante enclave de conexiones comerciales entre el Mediterráneo y el Atlántico. Este tipo de conexiones suelen sorprender al público en general, pero es tan sencillo como explicarles que nuestras autovías son el último paso evolutivo de esos caminos que empezaron siendo de tierra muchos siglos antes.

Finalmente y tras un periodo de restauración, parte de las piezas fueron expuestas en el Louvre en 1954, y en la actualidad podéis encontrarlas junto con otros grandes hallazgos de la zona en el museo de Vix, del que os dejo el enlace a la página web: http://www.musee-vix.fr/fr/index.php

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La crátera de Vix en el Museo del Luovre, 1954 (Fot. National Geographic).

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