Errores trimilenarios: segunda parte.

Ya dediqué hace un tiempo una entrada a la errada Historia sobre mi ciudad de origen, Cartagena, que algunos se empeñan en perpetuar, sin tener en cuenta las decenas, cientos de estudios serios sobre los diferentes temas que abarcan la extensa cronología de la misma. Hacía hincapié sobre todo, en los temas referentes a la Historia Antigua de la ciudad, casi tan bien conocida como la Edad Media o la Moderna pero que, tal vez envuelta por ese halo de misterio que le da el estar más lejana a nosotros, muchos se permiten el lujo de inventar, decir, componer obras erróneas y ningunear los trabajos de los verdaderos especialistas, que los hay, y muy buenos, sobre la arqueología cartagenera.

Estas líneas supongo, se pueden aplicar a cualquier ciudad del orbe romano en la actualidad. En todos sitios cuecen habas, y en cada población, por grande o pequeña que sea hay eruditos a la violeta, sabios poseedores de una verdad absoluta solamente atestiguada por aquella escuela positivista, que veía la Historia desde el dato y no desde el hecho, en plan: en esta plaza paró una vez Escipión el Africano, miccionó justo en esa esquina, donde todavía pueden oler su orina, y luego continuó hacia Roma.

La mayoría de los hechos, lejos de ser comprobados, siempre son afirmados con esmero porque “don Fulano, que era el médico cuando yo era pequeño, lo dijo en un libro”. Y claro, años de investigación seria no pueden hacer nada frente a los libros escritos en el ocaso de la vida por personas sin formación, las cuales, muchas veces sin querer, meten la pata. Pero esa pata es seguida por legiones de fieles. Además, el arqueólogo u el historiador de Universidad siempre quieren arrebatarle al pueblo la Historia soñada.

Y ahora, comenzamos esta segunda parte de esos “errores” trimilenarios.

Hace ya algún tiempo me tocó trabajar en cierto yacimiento musealizado, donde cerca del mismo se encuentran una serie de restaurantes, por el centro. Como el sitio donde normalmente íbamos a por café antes de entrar a trabajar estaba cerrado, me decidí a acudir con un compañero a otro, un poco más cercano pero más caro, donde nos dispensaron un trato bonito, tierno, de esos que dejan huella. Unas miradas tan cálidas como la de un francotirador soviético en Stalingrado y la simpatía propia de un dinosaurio carnívoro que lleva semanas sin comer nos acogieron entre sus paredes. Me disponía a salir con esos cafés tan, tan buenos como un vaso de agua destilada cuando, o pardiez, me topé con una serie de carteles que hablaban de la grandilocuente historia de mi ciudad. Mi primera impresión -antes de leerlos- fue la de “oh, mira, alguien que se preocupa por mostrar al turista algo más”, pero nunca, repito, nunca, me debiera haber parado a leer.

Aparte de las faltas de comprensión textual, las cuales pasaremos por alto porque todos tenemos y, porque quiero que a mis amigos y conocidos filólogos les sangren los ojos desde su punto de vista, me topé con unos clichés que, muchas veces por desgracia aparecen, ya no solo en mi ciudad, sino en todas las del mundo. Como escribí en párrafos anteriores, en todos los sitios pasa lo mismo, pero yo voy a hablar de mi ciudad, que es la que creo conocer -aunque no tan bien como los que se autoproclaman salvadores de la patria cartagenera, obviamente-.

Los carteles están colocados de manera “cronológica” entre ellos, así que empezaremos por el primero, el que hace referencia a la ciudad desde su fundación -y no, no diré el nombre del sitio, que cada cual lo encuentra cuando venga- hasta la llegada de los romanos:

IMG_20151011_102541 copia

Como veis, he marcado en negro las cosas raras, que analizamos una por una:

  1. La manía de la persona que ha escrito lo que podemos leer en los carteles, de realizar una mezcla ininteligible de nombre en diferentes idiomas: Cartagena, España, Carthagonova, etc. Hay que tener en cuenta que España como tal no existe en esta época, y que no debemos caer en los recursos que usaba la historiografía hace sesenta años. Es como hablar de Estados Unidos de América en el siglo XI, cosa totalmente inventada.
  2. ¿En qué quedamos? ¿Asdrúbal construyó las murallas o se aprovechó de las murallas? Lo que sabemos hasta ahora es que los púnicos construyeron una muralla, que tras las últimas excavaciones en el monte del Molinete se ha podido atestiguar que se reutilizó hasta el siglo VI d.e.c. con diferentes modificaciones.
  3. ¿Algunos palacios? En fin, para esto os remito a la entrada que realicé el año pasado titulada “Palacios en el aire”, pero sobre todo a los estudios realizados por el equipo del profesor Noguera, de la Universidad de Murcia, en la cima del cerro del Molinete. Lo mejor es que, el acérrimo cantonal que lea esto dirá: claro, como lo han excavado los murcianos, pues no han dejado nada porque no les conviene. Conspiranoia everywhere! (Aparte, el equipo de excavación está formado en casi su totalidad por gente de Cartagena y alrededores).
  4. Aníbal -el púnico, no Lecter ni Smith- era cuñado de Asdrúbal. A lo mejor Aníbal Lecter era su sobrino, y en un arrebato se comió a Amílcar.
  5. “Las atalayas de Aníbal”, o como renombrar a torres defensivas de los siglos XVI y XVII.

 

IMG_20151011_102554 copia

En este segundo cartel la cosa se pone más seria. Se nota que el que lo ha hecho ha estado días y días sin dormir para poder escribir una historia, que no la Historia de la ciudad:

  1. Ya en el nombre nos salen ojeras de leer. “Cartago nueva” ¿really?. En todo caso sería “Nueva ciudad nueva”, debido a la evolución del nombre desde el púnico al latín, pero en todo caso, no se traduce, que queda muy feo hombre.
  2. Eso de que se llame así hasta el “último tercio del siglo V”, supongo que será hasta el último tercio que se tomaría el que lo escribió, en el bar de la esquina, porque el nombre de Carthago continuaría hasta la llegada de los musulmanes, de los cuales tenemos noticias en el entorno del teatro romano desde el siglo IX aproximadamente. Es entonces cuando pasará a llamarse Cartayannat l-Halfa.
  3. Lo de los nombres inventados de Skombraria y tal, suena más a casting para nombre de grupo heavy.
  4. Augusto no pudo iniciar ningún proyecto de romanización puesto que la ciudad ya estaba romanizada desde hacía más de un siglo. Lo que hizo Octaviano fue reformar la ciudad dentro del organigrama político y administrativo, para hacer lo mismo que en casi todas las partes del recién creado Principado: una Roma en pequeño. Básicamente, si viéramos a Augusto con los ojos del siglo XXI para nosotros sería un dictador que, tras ganar una guerra civil realiza grandes obras para que su pueblo lo vea como un gran constructor y gobernante. Pero lo mejor es que os leáis el magnífico libro de Paul Zanker Augusto y el poder de las imágenes.
  5. Con respecto a lo de César…¿por dónde empezar? Aparte de que todavía no sabemos si fue él o Pompeyo el que nombra COLONIA a la ciudad, básicamente al “escritor” se le ha olvidado eso, la palabra Colonia, que es el rango al que llega la ciudad en esta época. Y no, no se construye el foro en esta época, ni el teatro. El foro es de origen republicano y reformado en época de Augusuto, y el teatro se construye en época de Augusto, precisamente porque está dedicado a sus nietos: Cayo y Lucio.

IMG_20151011_112703_344 copia

Y llegamos al último cartel, pero no por ello el mejor escrito. De hecho es el más inverosímil, porque claro, como todo el mundo sabe la tardoantigüedad es esa época que ocurre entre la llegada de Conan el bárbaro y Juego de Tronos.

  1. Con el nombre…idem, eadem, idem. Que no se traducen, leñe.
  2. Como todos sabéis, en España gobernaba Felipe VI hasta que llegaron los reinos germanos para establecerse y dejarlo todo pastas arriba con su morbo gótico. Para empezar, en esta época a la península se le sigue llamando Hispania y más tarde Spaniam, precisamente por los godos, que establecerán una monarquía electiva, como ha pasado en la actual Alemania hasta que comenzó a ser una república, debido a que en parte es heredera de esas tradiciones. Pero lo mejor es lo de las “construcciones” como “las termas de la Calle Honda”. Nadie sabe la cronología de las termas, menos el avispado e intuitivo escritor de esas líneas. Las termas fueron excavadas en el año 1984, no encontrándose una cronología segura, aunque se baraja la posibilidad de que fueran construídas en torno a finales del siglo I d.e.c., es decir, unos cuatrocientos años antes de lo que aparece ahí escrito. De hecho, se sabe que en el siglo V toda esa zona de la ciudad está abandonada y será reutilizada en el siglo VI por los bizantinos, en el breve espacio de tiempo que dominaron el Sureste peninsular. Y esto me lleva a…
  3. Lo que hace Leovigildo es una campaña de conquista de la Oróspeda, región que quedaba entre las posesiones bizantinas y las visigodas, en un territorio también entre las actuales Murcia, Alicante y parte de Castilla-La Mancha. De hecho, los investigadores de verdad no se ponen de acuerdo todavía en dónde estaría la frontera entre los visigodos y los bizantinos.
  4. No mentamos nada de los bizantinos aquí ¿para qué? Prefiero inventarme la llegada inexistente de inmigrantes norteafricanos presionados por un reino vándalo que ya no existía porque estaba anexionado a Bizancio. Lo que llega es cerámica procedente del Norte de África, como la Terra Sigillata Africana que podéis ver en el Museo del Teatro Romano de Cartagena, del cual recomiendo encarecidamente la visita.
  5. Y volvemos atrás en el tiempo, como Marty McFly, hasta el siglo V de nuevo, para comprobar que, pese a la construcción de un macellum (mercado) encima de la escena del teatro, “Cartagena es abandonada a su suerte”. Lo que ocurre es algo tan importante como la caída del Imperio Romano de Occidente, que se disgrega en diversos reinos que luego evolucionarán a esa amalgama política de la Edad Media.

De esta manera, podemos observar la sapiencia popular de la Historia de mi ciudad -y eso sin entrar en la creación de la primera, primerísima catedral de ¡España!, cuando ni existía el concepto de iglesia ni de cristianismo-; y el poco caso que se hace a la gente, muchas veces oriunda de la propia ciudad, que dedica su esfuerzo en el estudio de la misma.

*Nota mental: lo siento mucho por la calidad de las fotografías.

Anuncios
Minientrada

Heliogábalo: un emperador en el cole.

Jamás hubiera escrito la vida de Heliogábalo Antonino, conocido también con el nombre de Vario, para que nadie hubiera tenido noticia de la existencia de este emperador romano…

De esta manera comienza el relato que Elio Lampridio -supuesto autor de la vida de Heliogábalo- hace de este muchacho que gobernó Roma entre los años 218-222 d.e.c. La verdad es que no es un comienzo muy alentador. ¿O sí? El ser humano, especie en la que todavía incluyo a muchos de los que vivimos en los núcleos urbanos, siente curiosidad por las historias morbosas que rodean a personajes atormentados, y este muchacho no deja indiferente a nadie.

El problema al que nos enfrentamos a la hora de comentar o intentar hacer una vida de Heliogábalo, penúltimo emperador de la dinastía Severa, es precisamente la extraordinaria vida que llevó, según los autores que la trataron, ya en época romana, y de los que dependemos a la hora de acercarnos al joven Vario. Yo voy a ceñirme expresamente a la Historia Augusta, precisamente por ser la más alejada de la realidad y, porqué no decirlo, la más divertida. Pero para hablar de Heliogábalo según la Historia Augusta, o Elio Lampridio, autor que supuestamente escribe su vida para este compendio de biografías imperiales, primero debemos acercarnos a la obra.

¿Quién es él o ellos?

La primera vez que nos acercamos a este maravilloso libro, leemos que hay una serie de autores diferentes que escriben historias iguales sobre diferentes emperadores, entre el siglo II y finales del siglo III d.e.c.*, y este hecho provocó que desde el siglo XIX por lo menos, algunos autores se plantearan que esa multiautoría era realmente de uno solo que, parece ser, quería dárselas de que conocía a muchos autores y que le hacían un regalo al emperador de turno. Vamos, el postureo de la época. Conclusión: por lo menos en la edición en castellano que he manejado -de Vicente Picón y Antonio Cascón para ed. Akal- junto con la bibliografía que dichos traductores manejan, fue un solo autor, del cual desconocemos el nombre.

¿Y cuándo se compuso?

Aquí el tema está más complicado. Sabemos que, como los últimos emperadores tratados, Caro, Carino -hermano de Carina, que lo buscaba en el baúl de los recuerdos- y Numeriano, son justo los que gobiernan antes de Diocleciano, la obra tuvo que componerse desde el año 290 en adelante, aproximadamente. Algunos autores, como Dessau, han querido centrarla en el reinado de Teodosio, y justo entre los años 385-388, más de cien años después del reinado de los últimos nombrados. Otros, como el señor Seeck, se la llevan al siglo V; pero el amigo Mommsen la fecha entre el 330 y el reinado de Teodosio. Obviamente, Mommsen, como siempre, es el más listo, porque pone un arco de años mucho más amplio y así no se “pilla las manos”. Así que nos podemos imaginar a los diferentes estudiosos del tema pugnando por llevar la razón, al modo del partido de fútbol entre filósofos de los Monty Python.

Una vez que ya hemos tratado la “magnífica” obra en la que nos vamos a basar para esta descripción de la vida de Heliogábalo -hay más escritores antiguos como Herodiano y Dión Casio, que son más exactos pero más aburridos- pasemos a hablar del joven:

Pequeños datos biográficos imparciales:

Nació en el año 203 en Emesa (Siria) y fue asesinado el 11 de Marzo de 222 en Roma, tan solo menos de cuatro años después de haber accedido al trono, al cual llegó cuando contaba unos quince años. Debemos imaginar a un muchacho con facciones sirio-palestinas, criado al modo oriental, que en aquella época rezumaría el intento de llegar al boato de las cortas persas de cuando las Guerras Médicas, pero que se quedaría en solo eso, un intento. Todo eso mundo había cambiado desde que Roma plantara el pie en Oriente y convirtiera Siria en una provincia, mezclando las tradiciones propias de la zona con las exportadas desde otras partes del Imperio. Pero en los primeros años del siglo III, donde ni los emperadores eran nacidos en la Península Itálica, sino que Septimio Severo era originario del Norte de África, esa mezcolanza proveía a Roma de un tesoro sin igual.

En la familia, él y su primo Alejandro, que le sucedería en el trono, habían sido criados para cuando llegara el día de gobernar.

Así pues, tenemos a un muchacho menor de edad, que llega al trono tras una serie de asesinatos cometidos por el ejército dentro de la familia imperial, y que, precisamente por su juventud tuvo que apoyarse siempre en su madre. Por lo menos en el escueto tiempo que le dejaron gobernar.

¿Qué dice la Historia Augusta sobre el muchacho?

Viendo como empieza el relato de Heliogábalo -que, por cierto, se hizo llamar así por el dios protector de la ciudad en la que vivía-, nos podemos imaginar el desarrollo de la biografía; pero debemos tener en cuenta, sobre todo, que esto es un patrón de conducta que el autor atribuye a los emperadores, es decir, dependiendo de cómo haya sido en general el reinado, los va a atacar o defender, inventando hechos sobre los mismos para la comidilla de las personas que lo leyeran. Vamos, como las revistas de prensa amarilla de nuestros días, que con tal de estar en el candelero informativo, muchas veces no dudan en inventar noticias sobre personajes que suelen caer mal en la sociedad.

Tal vez, una de las hipérboles más descarada es cuando el autor escribe:

En sus triclinios de artesonado giratorio cubría a sus invitados de violetas y flores, hasta el punto de que algunos de ellos murieron al no poder salir al exterior (SHA, Hel. 7.5).

Texto que fue muy bien retratado por el magnífico pintor del siglo XIX L. Alma Tadema en su cuadro “Las rosas de Heliogábalo”.

The_Roses_of_Heliogabalus

Pero las excentricidades del emperador no se quedaron ahí. Por ejemplo, en otro párrafo:

Reunió en unos edificios públicos a todas las meretrices que pululaban por el circo, por el estadio, por los baños y por otros lugares, y pronunció una arenga ante ellas como si se trata de una arenga militar, llamándolas “compañeras de armas”, y discutió con ellas sobre las distintas clases de posturas y placeres (SHA, Hel. 26.3)

Este texto y otros hacen referencia a la feminidad del emperador, del cual se llegó a decir que le gustaba vestir como una mujer, tal vez por esa imagen que siempre se ha tenido de las cortes orientales como muy sobrecargadas de abalorios y decoraciones en las vestimentas. Lo que está claro es, que por lo menos el muchacho se informaba sobre el tema sexual. El saber no ocupa lugar.

Según el señor Lampridio, una de las bromas que más gustaba a hacer en su palacio de Roma a Heliogábalo era la siguiente:

A menudo encerraba en un dormitorio a sus amigos, después de haberles emborrachado, e inesperadamente introducía por la noche leones, leopardos y osos desprovistos de garras para que, al despertarse con la luz del día o, lo que es más grave aún, durante la noche, se encontraran con estas fieras en la misma estancia, y como consecuencia la mayor parte de ellos murieron (SHA, Hel. 25,1)

Qué graciosa su majestad. Cómo le gustaba jugar a Vario, qué cachondo. Poniéndonos serios, esta sería una representación de la tradición sobre las bacanales o la figura del dios Baco, puesto que este siempre iba acompañado, según la mitología, de animales salvajes como las panteras, representación que intenta unir el como una persona se desmelena cuando va ebria.

En fin, toda una serie de actividades libidinosas que tanto autores más serios como Herodiano, como el autor anónimo de estos relatos confirieron, no solo al pobre y joven Vario, si no también a Cómodo, por ejemplo, desdeñando casi cualquiera de sus acciones “buenas” en pro de las antes mencionadas.

Pero, como digo muchas veces, debemos tener cuidado a la hora de enfrentarnos a textos como estos, tan cargados de hipérboles, puesto que la mayoría de las cosas que cuentan son mentiras; aunque también dentro de esos textos encontramos pistas sobre la realidad. En este caso lo podemos ver en el siguiente párrafo:

No se conserva ninguna de las obras públicas que promovió, salvo el templo al dios Heliogábalo, al que unos llaman Sol y otros Júpiter, el anfiteatro -coliseo- restaurado tras su incendio y los baños emplazados en el barrio Sulpicio, que había iniciado ya Antonino, el hijo de Severo. (HSA. Hel. 17.8-9).

¿Qué nos quiere decir este párrafo? Que tal vez el reinado del jovencísimo Vario no fue un paréntesis de caos y fiestas en afterhour, sino que algo se hizo, que fue machacado como en otras ocasiones para que no lo conociéramos. Algo que quedó perdido en la memoria de los que ya no están y que, solo la arqueología nos puede desvelar con el tiempo.

*Recordad, niños, que siempre uso d.e.c. = después de la era cristiana.

Roma paga a “invasores”. ¿Crisis y caída del Imperio Romano?

En el colegio, cuando se da, o más bien se daba Historia, generaciones de nosotros hemos estudiado que el Imperio Romano sufre una gran crisis desde el siglo III d.e.c., que culmina con la caída de Roma en el año 476 en poder de los germanos. Mientras, la parte Oriental del Imperio, con capital en Bizancio u Constantinopla (Estambul), y que funcionaba como ente casi autónomo desde la muerte de Teodosio en 395 d.e.c., se mantendría más o menos estable -perdiendo más de la mitad de sus posesiones entre los siglos VII-X- hasta que un chaval llamado Mehmet II conquistara finalmente en 1453 la capital, pasando entonces a llamarse Imperio Otomano, hasta la Primera Guerra Mundial, grosso modo.

Lo que mucha gente no sabe, y muchos no nos explicamos el porqué, es que desde hace cuarenta años aproximadamente esa “crisis”, teoría en boga desde el siglo XVIII, se ha demostrado inexistente en muchos aspectos. Los investigadores de las últimas décadas no hablan de crisis sino de evolución, transformación del Imperio a tenor de muchos factores que influencian en el cambio de mentalidad, de la tradicional romana a una mezcla entre las diferentes culturas que lo formaban y el enorme choque de trenes que supone la inclusión del cristianismo dentro de las magistraturas más importantes. Punto de inflexión es la conversión de Constantino, que parece más un: -bueno, como aceptamos todos los dioses, por uno más que me proteja no me va a pasar nada-.

El retraso que persigue a la enseñanza de la asignatura de Historia en colegios e institutos no es propio únicamente de la sociedad española, sino que alcanza a todo el orbe. Se siguen una serie de presupuestos, alejados de los estudios actuales ya que parece que con eso vale para llegar a un mínimo exigible. Pero no, no vale solo con dar “lo de siempre”. Por culpa de esos postulados -malditos ilustrados del siglo XVIII, pardiez- se crea una serie de presupuestos que son aplicados, por ejemplo, por el primer ministro de Holanda en días pasados, el cual venía a comparar y afirmar que si en Europa se dejaba pasar a los refugiados sirios, caería al igual que lo hizo Roma hace mil quinientos años.

Sin título

Sonriente y xenófobo, el primer ministro holandés.

Bien. Obviamente esto son maniobras políticas para inclinar la balanza del pensamiento hacia uno u otro lado. Y las cosas, en la vida, y la Historia es la vida misma pero de los que han estado antes, no es ni blanca ni negra, es gris. Esas gamas de gris que hay entre el blanco y el negro son todas las causas que propiciaron que un señor llamado Odoacro se presentara un buen día en Roma en plan: Hola, buenos días. Perdone pero ¿tiene cinco minutos para que le hable de nuestro sistema de gobierno?.

Luego entramos en la lectura tanto de los escritores de la época, muchos de los cuales tienen ese mismo miedo que muchos de nuestros conciudadanos, y la interpretación que hacemos en la actualidad de esos escritos. Os pongo un ejemplo: según el escritor Hidacio, los Suevos destruyeron las murallas de Conimbriga (Portugal) en torno al año 468 d.e.c. durante el asedio a la ciudad -que siguió poblada con más o menos suerte hasta el siglo XV, cuando la población residual pasó a vivir a Condeixa Velha-. Si hoy vais a Conimbriga os encontraréis con una muralla muy alta, muy grande y muy bonita que flanquea casi todo el perímetro de la ciudad en época Tardoantigua, además de los restos de la muralla Altoimperial, más testimonial que defensiva.

De esta manera, cuando leemos en la prensa que alguien ha demostrado cual fue la causa de la caída del Imperio Romano debemos mirar esto con recelo. Todas las causas son más o menos válidas pero no hay una que podamos demostrar que sobresale por encima de las demás. Podemos hablar de la entrada del cristianismo -si somos marxitas- o de los pueblos germanos -si somos positivistas-, pero realmente es un conjunto de episodios entre los que destaca la misma grandeza del Imperio, el no poder mantener a ese gigante con pies de barro. Peter Heather, en su libro titulado precisamente La caída del imperio romano achaca mayormente ese cambio al no mantenimiento de la administración imperial mezclado con los cambios en el mismo centro del poder: el emperador; todo esto unido a la presión de los pueblos germanos, que a su vez eran presionados por los los Hunos. Muchos, como nuestro amigo holandés, comparan eso con los sirios de la actualidad, pero podemos destacar dos puntos: en esa época existe una cosa llamada “Batalla de los Campos Catalaúnicos” en la que gran parte de los pueblos germanos junto con el ejército romano se unieron para luchar contra los hunos, y que si este señor viera los Simpsons, encontramos en el capítulo en el que se le hace el chequeo al señor Burns toda la explicación necesaria para conocer este episodio histórico.

hqdefault copia

La vida de Vespasiano.

Cuando hablamos de Vespasiano debemos hacerlo desde la perspectiva de que fue el primer princeps -duradero- después de los Julio Claudios, la dinastía impuesta tras la muerte de Augusto. Su llegada al poder, como hemos podido comprobar, se produce en una época convulsa, llena de pretendientes que con más o menos apoyos, deciden un buen día declararse “Padres de la Patria” e incluso llegan a acuñar moneda para hacer valer sus pretensiones. Esta nueva dinastía será vista por las fuentes escritas como una nueva rama de paz y para ello no dudarán en descargar elogios, sobre todo en los dos primeros emperadores, Vespasiano y su hijo Tito.

Si nos acercamos a lo que los escritores antiguos como Suetonio escriben sobre la familia de este nuevo enviado, tenemos al igual que en el resto de hombres de este año tan movido, un origen a veces humilde, pero de personas que se hacen a ellas mismas y que, poco a poco, generación tras generación van escalando dentro de los diferentes órdenes sociales hasta llegar al personaje en cuestión, que representa la eclosión de importancia de sus respectivas familias. Además, con ese aderezo que los escritores imprimen a sus narraciones, parece que los dioses siempre quieren que sean estos quienes gobiernen y no otros, porque ya desde la cuna, o en su juventud, han recibido mensajes, llamadas divinas haciéndoles ver que ellos son los elegidos. Esto lo vemos en todas las religiones desde China a América, aunque no quiero decir nombres concretos, para no fastidiar al cristianismo.

En lo que respecta a las predicciones, con respecto a la figura de Vespasiano se mezcla tanto la faceta de, por ejemplo:

“En Judea cuando consultaba el oráculo del dios Carmelo, las suertes le alentaron prometiéndole que todo lo que planeara e ideara, por importante que fuera le saldría bien” (Suet. Vesp. 5,6)

mensajes que las divinidades envían al que va a ser emperador, con otro tipo de mensajes:

“se le acercaron a un tiempo un hombre de la plebe privado de la vista y otro con una pierna enferma pidiéndole la ayuda para su dolencia que les había indicado Serapis durante un sueño, [diciéndoles] que Vespasiano devolvería al uno la vista, si escupía en sus ojos, y restablecería al otro la pierna, si se dignaba tocarla con el pie. Y, aunque apenas creía que tendría éxito alguno y por eso no se atrevía ni siquiera a intentarlo, por fin, al animarle sus amigos, ensayó ambas cosas en la asamblea en presencia de todos y obtuvo el éxito”. (Suet. Vesp. 7, 2-3)

donde se observa en este caso al Flavio como un semidios, una persona que está predestinada y hasta cura a los enfermos.

image

Casi, casi podemos aplicar el mismo argumento que los célebres Monty Python hicieron en su afamada Brian´s Life a este emperador el cual, ya al servicio de otros demostró su valía como militar en las campañas de la llamada “Guerra de los Judíos”, en el Oriente romano. Tanto él como su hijo Tito -el inteligente de los dos que tuvo- fueron aclamados por el pueblo de Roma y odiados por los habitantes de Judea, menos por Flavio Josefo, a él le caían bien.

Tras llegar al poder, al ser el único que gobernó durante unos años, pudo desarrollar una política de redistribución de las provincias occidentales -véase el ejemplo de Hispania-, del ejército -aunque no tan radical como en tiempos de Mario u Augusto-, e incluso una reforma de la ciudad de Roma, abandonando el viejo sueño neroniano de la Domus Aurea y devolviendo parte de los terrenos a las personas a las que se las había despojado de los mismos para hacer realidad el sueño del último de los Julio-Claudios. Entre esas familias figura la de los Lamia, que anduvieron por Hispania desde tiempos de Augusto y a los que se les habían arrebatado los Horti Lamiarum. De esa familia tenemos noticias en nuestra península pues parece ser que precisamente en época flavia se construyen algunos de los edificios termales en ciudades del ámbito hispano, como en Valeria. Tras la conquista de Jerusalén en 70 d.e.c. comenzó la reedificación de Roma. Al igual que casi cien años antes había hecho Augusto, Vespasiano apoyado en su hijo Tito -¿dónde está Domiciano?- realiza obras en la ciudad para hacer ver a la población que con él llega de nuevo la Paz y de esa manera asentarse en el poder. Así, se construyó el llamado Templo de la Paz, que además de los restos arqueológicos que podemos apreciar hoy en día cuando viajamos a Roma y paseamos cerca de la Vía dei Fori Imperiali (calle construida en tiempos del “gran” Mussolini rompiendo edificaciones romanas para celebrar sus triunfos), en algunos escritores como por ejemplo en Josefo (Bel. Iud. VII, 5.7-158), Suetonio (Vesp., 9) o Dion Casio (LXV, 15.1) se ve reflejada su construcción.

Pero si algún edificio sobresale por encima de todos los que para la posteridad dejó Vespasiano y que está unido a su nombre, fue el único que él no pudo ver terminado en vida: el anfiteatro Flavio u Coliseo -llamado así por una estatua colosal de Nerón que había en las proximidades-. Éste fue inaugurado por su hijo Tito precisamente con unos juegos a la memoria de su padre.

En Vespasiano convergen una serie de valores como la honradez y el ahorro que a veces han sido llevados al extremo por los autores del momento como el archiconocido por todos nosotros tras estas entradas, Suetonio. Parece ser que incluso osó el emperador en poner impuestos que iban más allá de la lógica -como en la España actual al sol-. Veamos un fragmento:

“Cuando su hijo Tito le censuraba por haber inventado incluso un impuesto sobre la orina, le acercó el dinero obtenido del primer pago a las narices y le preguntó si le molestaba el olor; y al contestarle que no, replicó: Pues es fruto de la orina” (Suet. Vesp. 23.3).

“Tranquilos, ha ardido para bien nuestro”. Vitelio, el tercero en discordia.

Tal vez la figura de Vitelio sea la más extravagante de las cuatro que vamos a tratar en estas entradas, para el que escribe. Procedente de una familia en la que encontramos, siempre según las fuentes, desde personajes de alta alcurnia hasta prostitutas, fue el tercero de los cuatro emperadores de este loco año que transcurrió entre la muerte de Nerón y el advenimiento de los Flavios en la figura de Vespasiano.

Parece ser que ya desde su más tierna infancia el destino le tenía guardadas grandes sorpresas, a juzgar por el susto que se llevaron sus padres al conocer la lectura de su horóscopo por parte de los matemáticos, como nos cuenta Suetonio (Vit. 2). Tal vez por ello, al llegar al poder:

“no mostraba a nadie tanta inquina como a los bufones y a los matemáticos, y en cuanto alguno era acusado, lo castigaba con la muerte sin haberlo escuchado” (Suetonio, Vit. 14).

¿Y cómo llegó a ser princeps?

Sencillamente mientras gobernaba Germania Inferior por mandato imperial desde hacía solamente un mes (diciembre del 68 d.e.c.), según nos cuentan Suetonio y Tácito, vio el malestar en la cara de los soldados con respecto a la situación de las guerras intestinas y decidió revelarse contra Galba mientras Otón también intentaba librarse del sucesor de Nerón. Sería nombrado emperador posiblemente en torno a las kalendas de Enero del año 69 (Tácito, Historias, 1, 57). Apenas unos días más tarde Galba era asesinado por Otón y otros conspiradores, pero al estar éste ya en Roma y Vitelio todavía marchando desde Germania, el primero aprovechó y se nombró princeps, un cargo que, como vimos en la entrada anterior del blog no le duró mucho tiempo.

Parece ser que por aquel entonces algunas deudas acuciaban a Vitelio, como nos narra Suetonio (Vit., 7) con su estilo inigualable, teniendo incluso que dejar a su mujer y sus hijos viviendo en un pisito de alquiler en Roma mientras que arrendaba su casa para pagar a prestamistas. Obviamente cuando llegó a emperador, tras el suicidio de Otón, todo esto se disipó ya que: “apenas perdonó a ninguno de los prestamistas, deudores y publicanos que alguna vez le hubieran reclamado sus deudas” (Suet. Vit., 14). Ésta es una buena manera de ahorrar dinero, o por lo menos más rápida.

¿Y cómo es él? ¿Y en qué lugar se libró de ti?

Ya en el poder desde abril del año 69 d.e.c., según nos narran Suetonio y Tácito principalmente, se dedicó a dos cosas básicas: comer y matar. Comer de una manera atroz, solamente superado por Homer Simpson y sus disparatados platos. En referencia a una de sus famosas cenas:

“mezcló higadillos de escaros, sesos de faisanes y de pavos, lenguas de flamencos y lechecillas de morenas buscadas por sus jefes de navío y trirremes desde Partia hasta el estrecho de Hispania” (Suet. Vit. , 13).

Y con respecto a los asesinatos, ya hemos nombrado las personas que le caían mal -matemáticos, bufones, prestamistas-, aunque llegó a asesinar a un hombre que lo había nombrado su heredero, por el hecho de que también heredaba un liberto de ese señor. Solución: matar a ambos y se quedó con todo.

Gag_del_sofá_LABF10

Aquí podemos apreciar un acercamiento conceptual a Vitelio y su obra.

Entre comidas de empresa y asesinatos selectivos llegó diciembre del año 69 d.e.c. Un nuevo personaje entra en juego: Vespasiano. Vitelio, lejos de achantarse como había hecho Otón, salió en busca de los ejércitos orientales que acompañaban al Flavio, pero al igual que había pasado con el ejército de Otón, el suyo pereció ante la máquina de guerra y además en el mismo sitio en el que habían perdido los partidarios de Otón, Bedríaco, unos meses antes.

“This is the End”

 Comienzan entonces unos días vibrantes: Vitelio llegó a abandonar dos veces el trono y por dos veces también, según nos cuenta Suetonio, vuelve al oír a sus partidarios alentarlo para que no abandone (Vit. 15 y ss.).

Partidarios de Vitelio animándolo a seguir.

       Partidarios de Vitelio animándolo a seguir.

Pero un día, a mediados de diciembre, las tropas de Vespasiano llegan a Roma y el depuesto emperador intenta fugarse en una escena que podría narrar mejor el propio Guy Ritchie en una de sus películas: llega a palacio y al verlo vacío coge dinero y corre. Se esconde en una “garita” hasta que los soldados lo encuentran. Al ver que no lo conocen dice que Vitelio se ha ido, pero finalmente lo descubren y antes de que diga nada ya lo están arrastrando por la ciudad con las manos atadas y una soga al cuello, posiblemente para que él mismo sea partícipe de esas prácticas que le gustaba hacer con otras personas. Al igual que vemos en el relato de Otón se resaltan sus defectos: talla enorme, rostro amoratado, gran barriga y posiblemente cojearía de una pierna (Suet. Vit., 16-17).

Finalmente le clavaron un garfio a orillas del Tíber y fue arrojado al río. Comenzaba de esta manera el reinado de Vespasiano, el primero de los Flavios.

Posible retrato de Vitelio conservado en el Louvre.

                           Posible retrato de Vitelio conservado en el Louvre.

“Añadamos también esta noche a nuestra vida”. Otón, un emperador inusual.

Con esa frase describe Suetonio el último día de la vida de Otón, un gobernante al que podemos calificar como inusual. No solo por el aspecto que, siguiendo al mismo escritor podría tener y que ahora describiremos, sino también por cómo llegó al poder, las injurias que hubo de sufrir por parte de Nerón y cómo decidió él mismo acabar con su vida cuando apenas llevaba tres meses de reinado.

Partamos del hecho de que, pese a lo que pone en el título, no me gusta llamar a los emperarores de esta manera. Ellos eran principes, los principales hombres de la República. Esto se debía a que se seguía hablando de Roma como de un ente gobernado por el Senado y el gobernante supremo era como el más importante de todos ellos. Este paso se había dado ya en época de Augusto, para intentar disimular una monarquía encubierta. Por esta razón a los “reyes” romanos de este periodo no se les llama así. Todos sabemos cómo acabó el último rey de Roma en el 509 a.e.c. Y realmente, la palabra  emperador procede del latín imperator, que era un cargo militar.

Para la figura de Otón, al igual que hice con Galba, y nos tocará ver con Vitelio y Vespasiano, voy a usar sobre todo a Suetonio, junto con Plutarco, Tácito y Dión Casio, autores que hablan de una manera u otra del gobierno de estos personajes que se disputaron el mando del Imperio durante este corto periodo.

La descripción física que Suetonio nos hace al final del relato de la vida de Otón, nos habla de un hombre de poca estatura, de pies contrahechos y patizambo, pero que observaba un refinamiento casi mujeril, depilando su cuerpo y acoplando y adaptando una peluca a su cabeza (Suet. Otón, 12). Pero esto, claro está, no le impedía ejercer como político y militar, más de lo primero que de lo segundo, aunque no se lo pusieron fácil. El mismo Nerón le había quitado a su mujer, con la que mantuvo una aventura. Tal vez por ello, al llegar Otón al poder había decidido casarse con Mesalina. La verdad es que no entendemos esta jugada, sabiendo a través del mismo Suetonio cómo era la muchacha de marras -siempre teniendo en cuenta que todo lo que se dice de ella fuera verdad y no una burda manipulación de los hechos, algo a lo que las fuentes escritas romanas nos tienen un poco acostumbrados-.

Así pues, llegamos al año 68, Nerón desaparece del mapa, y un viejo amigo de Otón, Galba, se proclama princeps en Hispania. Tras unos meses, es mandado asesinar por una conjura en la que participa el mismo Otón quien, tras aparentar no saber nada, aparece en los cuarteles tras una carrera por Roma en la que no duda incluso en usar una litera de mujer, pero eso según Plutarco (Galba, 25,3), porque según Suetonio era una muliebris sella, esto es una “silla gestatoria cubierta y provista de techo y cortinas laterales” -según la edición de Vicente Picón para ed. Cátedra-. Vamos, que llegó de nuevo al mundo o a un mundo nuevo, lejos de su vida corriente. Un mundo lleno de riquezas que le asombró y asustó al mismo tiempo. Tal vez por ello en las primeras semanas de mandato intentó continuar en parte con las políticas y los egos de Nerón, continuando con la construcción de la Domus Aurea o liberando a personajes del entorno del antiguo emperador.

Su gobierno duró, como apunté al principio, unos tres meses aproximadamente. Por lo que podemos leer en los escritores que nombré al principio, el cargo le vino grande e incluso tenía premoniciones sobre su caída en desgracia, sueños, pesadillas, malos augurios; pero estos no hay que tomarlos como algo verdadero puesto que son artimañas literarias usadas frecuentemente por los autores antiguos para explicar el porqué de una muerte prematura. De hecho, el mismo Suetonio le confiere la frase: ¿Qué necesidad tengo yo de flautas largas? (Suet. Otón, 7), como advirtiendo que no se veía capacitado para gobernar.

Finalmente, tras conocer que los ejércitos de Vitelio, que sería su sucesor, se acercaban peligrosamente a Roma a presentar batalla, se unió a su familia, se despidió de todos ellos en la noche con la frase: Añadamos también esta noche a nuestra vida. Al siguiente amanecer se clavó un cuchillo cerca del corazón, acabando así de manera prematura con un gobierno escueto. Muchos de los que iban a su lecho, según Suetonio, al saber que él nunca quiso luchar y que esto lo hacía por evitar guerras intestinas, se daban muerte allí mismo.

Así acabó el segundo pretendiente…

Oth001

           Busto de Otón. Vía: wikipedia.

otho9

     Moneda acuñada por Otón durante su escueto                                               mandato.

Cita

Galba, de ahorrador a emperador.

“¿Qué artista muere conmigo?”- Según Casio Dión, escritor romano del siglo III d.e.c.., así se despidió Nerón de este mundo un día de Junio del año 68 justo antes de ser apuñalado por su secretario Epafrodito, mientras huía por la Via Salaria, y tras haber sido nombrado enemigo público por un Senado que ya se había cansado del último de los Julio Claudios, refrendando a Galba, gobernador de Hispania, como Princeps…

Con la muerte de Nerón acababan los sucesores de Augusto, fundador de la dinastía, y cuya figura sobrevolaba a cada uno de sus sucesores. Unos sucesores que nunca habían estado a la altura de Octaviano, auténtico ideólogo junto con su tío César de este sistema de gobierno. Comenzaba así un año de luchas constantes entre los diferentes pretendientes al trono vacío. Y comienzo, obviamente, por el primero de ellos.

Servio Sulpicio Galba, primer emperador que no perteneció a los descendientes de Augusto, había nacido en el seno de una familia conocida dentro de la política romana del siglo I d.e.c., ya que su abuelo ya había sido Cónsul y uno de los creadores de la “ensalada César”, es decir, había participado en el complot contra el Divino Julio en 44 a.e.c.

La ajetreada vida del padre de Galba, casado varias veces y con un hijo derrochador que se perdió para siempre de la Historia en las calles de una Roma llena de trampas morales, tal vez fuera el detonante de ese gusto por la austeridad que Suetonio recalca varias veces en la figura del princeps. Sin duda un gusto que personas como la guardia pretoriana no compartían y que tiene que ver con la duración del reinado del primero de los llamados Cuatro Emperadores.

Hasta su consagración como Princeps poco sabemos del viejo y avaro Galba, si acaso lo que tanto Suetonio como Tácito u Dión Casio nos muestran en sus obras: gran político que asciende rápido en la esfera de personajes que rodea a los emperadores, que será enviado como gobernador de la Tarraconense en torno al año 60 d.e.c., y que apoyado por Otón -su sucesor- y Vindex -gobernador de la Galia- se proclamó emperador en Hispania en Junio del 68 d.e.c., provocando la caída y huída de Nerón, el cual acabó como ya habéis podido leer en el primer párrafo. Sobre su advenimiento como nuevo emperador, Suetonio nos va advirtiendo en todo el pasaje que le dedica en su obra, acabando con la frase:

que algún día saldría de Hispania el dueño y príncipe del mundo (Suet. Galba, 9)

en referencia al oráculo que un sacerdote de Clunia había pronosticado -sacerdote que viene muy bien en las apuestas deportivas de la actualidad-.

Así pues, tenemos a un señor mayor, al que nos tenemos que imaginar en algún punto perdido de la Tarraconense diciendo aquello de:-en mi época se gobernaba mejor. En aquellos tiempos las cosas no se hacían así-; y que decide lanzarse a la aventura y proclamarse emperador. Lo que no está tan claro es dónde, puesto que algunos autores dicen que fue en Clunia, y que por eso se llamó “Colonia Clunia Sulpicia”, pero si leemos a Suetonio, ese tema no queda tan claro:

Mientras celebraba una audiencia en Carthago-Noua se enteró de la sublevación de las Galias (…)

Así pues, tras subir a su tribunal como si se dispusiera a realizar una manumisión de esclavos, colocando ante sí el mayor número posible de retratos de personas condenadas y asesinadas por Nerón (…) deploró la situación del momento y, al ver que era aclamado emperador por todos, se declaró legado del Senado (Suet. Galba, 9-10)

Esto nos viene a decir que fue en Carthago-Noua, actual Cartagena, donde se pudo haber proclamado emperador y no en Clunia. Vamos, que como es mi ciudad, y sale nombrada, he de barrer para casa, pero es un tema abierto a interpretación. Además, sobre el tipo de poder que ostenta debemos leer también la interpretación de Plutarco (Galba, 5, 1) el cual nos avisa de que rechaza el título de Emperador y que deposita el poder en manos del Senado. Esto se puede interpretar como una jugada para ser recibido y consagrado en Roma, como se puede ver más adelante, ya que será el Senado el que nombre a Nerón enemigo del estado y ratifique a Galba en el puesto. Y con ese aval senatorial se nos presenta en Roma triunfante, mientras por el camino va dejando destellos de sus artes para la política, haciendo lo que cualquier político: prometer pagamentas a pretorianos y legionarios. Unos pagos que no se hicieron efectivos pues, cuando llegó a Roma, habló de la herencia recibida, de lo mal que estaban las arcas y que el de antes había sido un derrochador que había dejado al Imperio en números rojos, pero que él iba a hacer una nueva política, que quería volver a dar valor a las instituciones, etc. ¿Os suena? No hemos cambiado en dos mil años, ¿eh?.

Obviamente, en época romana la gente solía ser más directa que en la nuestra, o menos políticamente correcta, con lo que un día paseando por el foro, confiado de que esas oídas sobre Otón eran falsas, y que incluso un soldado lo había matado (Suet. Galba, 19-20), fue cazado cual presa y acuchillado hasta la muerte por un grupo de soldados. Tal era la animadversión que, según Suetonio y Plutarco había creado en la población, que casi nadie acudió en su ayuda y finalmente, su cuerpo fue abandonado a orillas del lago Curcio.

Stockholm_-_Antikengalerie_4_-_Büste_Kaiser_Galba

   En la imagen, busto de Galba conservado en el Museo de Historia de Estocolmo.

1041391_1338408815715_full

Aquí, en una faceta poco conocida, como actor de Hollywood en la película “Unferworld”, haciendo de Víctor.