Vídeo

Guerra en Hispania (II): La Encarnación (Caravaca-Murcia).

Si hay un tema que me apasiona es el del sincretismo religioso. El cómo una imagen, un símbolo, un lugar, pueden ser referentes para diferentes culturas y momentos. Esto es lo que pasa con el santuario ibero-romano-cristiano de La Encarnación, situado en Caravaca de la Cruz (Murcia), donde hemos rodado éste pequeño vídeo, hablando de los diversos usos que éste espacio ha tenido a lo largo de la Historia.

Conocí éste magnífico santuario en 2006, mientras aprendía y me formaba como arqueólogo bajo la tutela de los siempre grandes Francisco Brotóns (arqueólogo municipal de Caravaca), Juan García Sandoval (conservador de Museo de la Región de Murcia, actualmente en el Museo Regional de Arte Moderno) y Antonio Murcia (Fundación Teatro Romano de Cartagena). Ellos dirigían el campo de trabajo mediante el cual se excavaba el castellum de Archivel, donde desarrollamos el pasado vídeo -sí, el del viento-. Un buen día, después de excavar, Paco nos llevó a mis compañeras y a mí a visitar el santuario, una joya, un unicum en la región que tenía fresco por las clases de Sebastián Ramallo (Catedrático de Arqueología de la UMU). El resto es una relación con la Encarnación de once años. Cada cierto tiempo intento visitar el sitio porque me ayuda a despejarme, a pensar con claridad sobre diversos asuntos, y ésta vez no iba a ser menos. Además iba muy bien acompañado por la mejor ayudante de cámara que se puede tener, aunque digamos que la llegada fue un poco accidentada, ya que casi se me cae el coche por un barranco, pero mereció la pena. Y todo por llegar a mi sitio favorito de la región, donde más fácil es el poder entender toda nuestra evolución de los últimos dos mil quinientos años.

Enjoy!

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Vídeo

Guerra en Hispania (I): Caravaca, Julio César y Pompeyo.

Durante el siglo I a.e.c., la actual Región de Murcia sirvió de escenario para algunos de los episodios bélicos que decidirían el final de la República de Roma y la llegada de un nuevo sistema de gobierno: el Principado -conocido comúnmente como la época “Imperial”-.

Uno de esos puntos calientes fue la zona de la actual Caravaca que, tradicionalmente ha servido como punto de unión entre la alta Andalucía y Murcia. En Archivel, un pueblo cercano a Caravaca, nos encontramos un yacimiento en el llamado Cerro de las Fuentes, donde se estuvo excavando hasta hace pocos años. El castellum de Archivel habría sido construido por las tropas de Julio César durante la campaña militar que daría como consecuencia la batalla de Munda.

¿Queréis saber un poco más? Ved el vídeo y…subscribíos al canal de youtube, leche, que es gratis!

 

*Siento mucho el ruido del viento!

Errores trimilenarios: segunda parte.

Ya dediqué hace un tiempo una entrada a la errada Historia sobre mi ciudad de origen, Cartagena, que algunos se empeñan en perpetuar, sin tener en cuenta las decenas, cientos de estudios serios sobre los diferentes temas que abarcan la extensa cronología de la misma. Hacía hincapié sobre todo, en los temas referentes a la Historia Antigua de la ciudad, casi tan bien conocida como la Edad Media o la Moderna pero que, tal vez envuelta por ese halo de misterio que le da el estar más lejana a nosotros, muchos se permiten el lujo de inventar, decir, componer obras erróneas y ningunear los trabajos de los verdaderos especialistas, que los hay, y muy buenos, sobre la arqueología cartagenera.

Estas líneas supongo, se pueden aplicar a cualquier ciudad del orbe romano en la actualidad. En todos sitios cuecen habas, y en cada población, por grande o pequeña que sea hay eruditos a la violeta, sabios poseedores de una verdad absoluta solamente atestiguada por aquella escuela positivista, que veía la Historia desde el dato y no desde el hecho, en plan: en esta plaza paró una vez Escipión el Africano, miccionó justo en esa esquina, donde todavía pueden oler su orina, y luego continuó hacia Roma.

La mayoría de los hechos, lejos de ser comprobados, siempre son afirmados con esmero porque “don Fulano, que era el médico cuando yo era pequeño, lo dijo en un libro”. Y claro, años de investigación seria no pueden hacer nada frente a los libros escritos en el ocaso de la vida por personas sin formación, las cuales, muchas veces sin querer, meten la pata. Pero esa pata es seguida por legiones de fieles. Además, el arqueólogo u el historiador de Universidad siempre quieren arrebatarle al pueblo la Historia soñada.

Y ahora, comenzamos esta segunda parte de esos “errores” trimilenarios.

Hace ya algún tiempo me tocó trabajar en cierto yacimiento musealizado, donde cerca del mismo se encuentran una serie de restaurantes, por el centro. Como el sitio donde normalmente íbamos a por café antes de entrar a trabajar estaba cerrado, me decidí a acudir con un compañero a otro, un poco más cercano pero más caro, donde nos dispensaron un trato bonito, tierno, de esos que dejan huella. Unas miradas tan cálidas como la de un francotirador soviético en Stalingrado y la simpatía propia de un dinosaurio carnívoro que lleva semanas sin comer nos acogieron entre sus paredes. Me disponía a salir con esos cafés tan, tan buenos como un vaso de agua destilada cuando, o pardiez, me topé con una serie de carteles que hablaban de la grandilocuente historia de mi ciudad. Mi primera impresión -antes de leerlos- fue la de “oh, mira, alguien que se preocupa por mostrar al turista algo más”, pero nunca, repito, nunca, me debiera haber parado a leer.

Aparte de las faltas de comprensión textual, las cuales pasaremos por alto porque todos tenemos y, porque quiero que a mis amigos y conocidos filólogos les sangren los ojos desde su punto de vista, me topé con unos clichés que, muchas veces por desgracia aparecen, ya no solo en mi ciudad, sino en todas las del mundo. Como escribí en párrafos anteriores, en todos los sitios pasa lo mismo, pero yo voy a hablar de mi ciudad, que es la que creo conocer -aunque no tan bien como los que se autoproclaman salvadores de la patria cartagenera, obviamente-.

Los carteles están colocados de manera “cronológica” entre ellos, así que empezaremos por el primero, el que hace referencia a la ciudad desde su fundación -y no, no diré el nombre del sitio, que cada cual lo encuentra cuando venga- hasta la llegada de los romanos:

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Como veis, he marcado en negro las cosas raras, que analizamos una por una:

  1. La manía de la persona que ha escrito lo que podemos leer en los carteles, de realizar una mezcla ininteligible de nombre en diferentes idiomas: Cartagena, España, Carthagonova, etc. Hay que tener en cuenta que España como tal no existe en esta época, y que no debemos caer en los recursos que usaba la historiografía hace sesenta años. Es como hablar de Estados Unidos de América en el siglo XI, cosa totalmente inventada.
  2. ¿En qué quedamos? ¿Asdrúbal construyó las murallas o se aprovechó de las murallas? Lo que sabemos hasta ahora es que los púnicos construyeron una muralla, que tras las últimas excavaciones en el monte del Molinete se ha podido atestiguar que se reutilizó hasta el siglo VI d.e.c. con diferentes modificaciones.
  3. ¿Algunos palacios? En fin, para esto os remito a la entrada que realicé el año pasado titulada “Palacios en el aire”, pero sobre todo a los estudios realizados por el equipo del profesor Noguera, de la Universidad de Murcia, en la cima del cerro del Molinete. Lo mejor es que, el acérrimo cantonal que lea esto dirá: claro, como lo han excavado los murcianos, pues no han dejado nada porque no les conviene. Conspiranoia everywhere! (Aparte, el equipo de excavación está formado en casi su totalidad por gente de Cartagena y alrededores).
  4. Aníbal -el púnico, no Lecter ni Smith- era cuñado de Asdrúbal. A lo mejor Aníbal Lecter era su sobrino, y en un arrebato se comió a Amílcar.
  5. “Las atalayas de Aníbal”, o como renombrar a torres defensivas de los siglos XVI y XVII.

 

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En este segundo cartel la cosa se pone más seria. Se nota que el que lo ha hecho ha estado días y días sin dormir para poder escribir una historia, que no la Historia de la ciudad:

  1. Ya en el nombre nos salen ojeras de leer. “Cartago nueva” ¿really?. En todo caso sería “Nueva ciudad nueva”, debido a la evolución del nombre desde el púnico al latín, pero en todo caso, no se traduce, que queda muy feo hombre.
  2. Eso de que se llame así hasta el “último tercio del siglo V”, supongo que será hasta el último tercio que se tomaría el que lo escribió, en el bar de la esquina, porque el nombre de Carthago continuaría hasta la llegada de los musulmanes, de los cuales tenemos noticias en el entorno del teatro romano desde el siglo IX aproximadamente. Es entonces cuando pasará a llamarse Cartayannat l-Halfa.
  3. Lo de los nombres inventados de Skombraria y tal, suena más a casting para nombre de grupo heavy.
  4. Augusto no pudo iniciar ningún proyecto de romanización puesto que la ciudad ya estaba romanizada desde hacía más de un siglo. Lo que hizo Octaviano fue reformar la ciudad dentro del organigrama político y administrativo, para hacer lo mismo que en casi todas las partes del recién creado Principado: una Roma en pequeño. Básicamente, si viéramos a Augusto con los ojos del siglo XXI para nosotros sería un dictador que, tras ganar una guerra civil realiza grandes obras para que su pueblo lo vea como un gran constructor y gobernante. Pero lo mejor es que os leáis el magnífico libro de Paul Zanker Augusto y el poder de las imágenes.
  5. Con respecto a lo de César…¿por dónde empezar? Aparte de que todavía no sabemos si fue él o Pompeyo el que nombra COLONIA a la ciudad, básicamente al “escritor” se le ha olvidado eso, la palabra Colonia, que es el rango al que llega la ciudad en esta época. Y no, no se construye el foro en esta época, ni el teatro. El foro es de origen republicano y reformado en época de Augusuto, y el teatro se construye en época de Augusto, precisamente porque está dedicado a sus nietos: Cayo y Lucio.

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Y llegamos al último cartel, pero no por ello el mejor escrito. De hecho es el más inverosímil, porque claro, como todo el mundo sabe la tardoantigüedad es esa época que ocurre entre la llegada de Conan el bárbaro y Juego de Tronos.

  1. Con el nombre…idem, eadem, idem. Que no se traducen, leñe.
  2. Como todos sabéis, en España gobernaba Felipe VI hasta que llegaron los reinos germanos para establecerse y dejarlo todo pastas arriba con su morbo gótico. Para empezar, en esta época a la península se le sigue llamando Hispania y más tarde Spaniam, precisamente por los godos, que establecerán una monarquía electiva, como ha pasado en la actual Alemania hasta que comenzó a ser una república, debido a que en parte es heredera de esas tradiciones. Pero lo mejor es lo de las “construcciones” como “las termas de la Calle Honda”. Nadie sabe la cronología de las termas, menos el avispado e intuitivo escritor de esas líneas. Las termas fueron excavadas en el año 1984, no encontrándose una cronología segura, aunque se baraja la posibilidad de que fueran construídas en torno a finales del siglo I d.e.c., es decir, unos cuatrocientos años antes de lo que aparece ahí escrito. De hecho, se sabe que en el siglo V toda esa zona de la ciudad está abandonada y será reutilizada en el siglo VI por los bizantinos, en el breve espacio de tiempo que dominaron el Sureste peninsular. Y esto me lleva a…
  3. Lo que hace Leovigildo es una campaña de conquista de la Oróspeda, región que quedaba entre las posesiones bizantinas y las visigodas, en un territorio también entre las actuales Murcia, Alicante y parte de Castilla-La Mancha. De hecho, los investigadores de verdad no se ponen de acuerdo todavía en dónde estaría la frontera entre los visigodos y los bizantinos.
  4. No mentamos nada de los bizantinos aquí ¿para qué? Prefiero inventarme la llegada inexistente de inmigrantes norteafricanos presionados por un reino vándalo que ya no existía porque estaba anexionado a Bizancio. Lo que llega es cerámica procedente del Norte de África, como la Terra Sigillata Africana que podéis ver en el Museo del Teatro Romano de Cartagena, del cual recomiendo encarecidamente la visita.
  5. Y volvemos atrás en el tiempo, como Marty McFly, hasta el siglo V de nuevo, para comprobar que, pese a la construcción de un macellum (mercado) encima de la escena del teatro, “Cartagena es abandonada a su suerte”. Lo que ocurre es algo tan importante como la caída del Imperio Romano de Occidente, que se disgrega en diversos reinos que luego evolucionarán a esa amalgama política de la Edad Media.

De esta manera, podemos observar la sapiencia popular de la Historia de mi ciudad -y eso sin entrar en la creación de la primera, primerísima catedral de ¡España!, cuando ni existía el concepto de iglesia ni de cristianismo-; y el poco caso que se hace a la gente, muchas veces oriunda de la propia ciudad, que dedica su esfuerzo en el estudio de la misma.

*Nota mental: lo siento mucho por la calidad de las fotografías.

Minientrada

Heliogábalo: un emperador en el cole.

Jamás hubiera escrito la vida de Heliogábalo Antonino, conocido también con el nombre de Vario, para que nadie hubiera tenido noticia de la existencia de este emperador romano…

De esta manera comienza el relato que Elio Lampridio -supuesto autor de la vida de Heliogábalo- hace de este muchacho que gobernó Roma entre los años 218-222 d.e.c. La verdad es que no es un comienzo muy alentador. ¿O sí? El ser humano, especie en la que todavía incluyo a muchos de los que vivimos en los núcleos urbanos, siente curiosidad por las historias morbosas que rodean a personajes atormentados, y este muchacho no deja indiferente a nadie.

El problema al que nos enfrentamos a la hora de comentar o intentar hacer una vida de Heliogábalo, penúltimo emperador de la dinastía Severa, es precisamente la extraordinaria vida que llevó, según los autores que la trataron, ya en época romana, y de los que dependemos a la hora de acercarnos al joven Vario. Yo voy a ceñirme expresamente a la Historia Augusta, precisamente por ser la más alejada de la realidad y, porqué no decirlo, la más divertida. Pero para hablar de Heliogábalo según la Historia Augusta, o Elio Lampridio, autor que supuestamente escribe su vida para este compendio de biografías imperiales, primero debemos acercarnos a la obra.

¿Quién es él o ellos?

La primera vez que nos acercamos a este maravilloso libro, leemos que hay una serie de autores diferentes que escriben historias iguales sobre diferentes emperadores, entre el siglo II y finales del siglo III d.e.c.*, y este hecho provocó que desde el siglo XIX por lo menos, algunos autores se plantearan que esa multiautoría era realmente de uno solo que, parece ser, quería dárselas de que conocía a muchos autores y que le hacían un regalo al emperador de turno. Vamos, el postureo de la época. Conclusión: por lo menos en la edición en castellano que he manejado -de Vicente Picón y Antonio Cascón para ed. Akal- junto con la bibliografía que dichos traductores manejan, fue un solo autor, del cual desconocemos el nombre.

¿Y cuándo se compuso?

Aquí el tema está más complicado. Sabemos que, como los últimos emperadores tratados, Caro, Carino -hermano de Carina, que lo buscaba en el baúl de los recuerdos- y Numeriano, son justo los que gobiernan antes de Diocleciano, la obra tuvo que componerse desde el año 290 en adelante, aproximadamente. Algunos autores, como Dessau, han querido centrarla en el reinado de Teodosio, y justo entre los años 385-388, más de cien años después del reinado de los últimos nombrados. Otros, como el señor Seeck, se la llevan al siglo V; pero el amigo Mommsen la fecha entre el 330 y el reinado de Teodosio. Obviamente, Mommsen, como siempre, es el más listo, porque pone un arco de años mucho más amplio y así no se “pilla las manos”. Así que nos podemos imaginar a los diferentes estudiosos del tema pugnando por llevar la razón, al modo del partido de fútbol entre filósofos de los Monty Python.

Una vez que ya hemos tratado la “magnífica” obra en la que nos vamos a basar para esta descripción de la vida de Heliogábalo -hay más escritores antiguos como Herodiano y Dión Casio, que son más exactos pero más aburridos- pasemos a hablar del joven:

Pequeños datos biográficos imparciales:

Nació en el año 203 en Emesa (Siria) y fue asesinado el 11 de Marzo de 222 en Roma, tan solo menos de cuatro años después de haber accedido al trono, al cual llegó cuando contaba unos quince años. Debemos imaginar a un muchacho con facciones sirio-palestinas, criado al modo oriental, que en aquella época rezumaría el intento de llegar al boato de las cortas persas de cuando las Guerras Médicas, pero que se quedaría en solo eso, un intento. Todo eso mundo había cambiado desde que Roma plantara el pie en Oriente y convirtiera Siria en una provincia, mezclando las tradiciones propias de la zona con las exportadas desde otras partes del Imperio. Pero en los primeros años del siglo III, donde ni los emperadores eran nacidos en la Península Itálica, sino que Septimio Severo era originario del Norte de África, esa mezcolanza proveía a Roma de un tesoro sin igual.

En la familia, él y su primo Alejandro, que le sucedería en el trono, habían sido criados para cuando llegara el día de gobernar.

Así pues, tenemos a un muchacho menor de edad, que llega al trono tras una serie de asesinatos cometidos por el ejército dentro de la familia imperial, y que, precisamente por su juventud tuvo que apoyarse siempre en su madre. Por lo menos en el escueto tiempo que le dejaron gobernar.

¿Qué dice la Historia Augusta sobre el muchacho?

Viendo como empieza el relato de Heliogábalo -que, por cierto, se hizo llamar así por el dios protector de la ciudad en la que vivía-, nos podemos imaginar el desarrollo de la biografía; pero debemos tener en cuenta, sobre todo, que esto es un patrón de conducta que el autor atribuye a los emperadores, es decir, dependiendo de cómo haya sido en general el reinado, los va a atacar o defender, inventando hechos sobre los mismos para la comidilla de las personas que lo leyeran. Vamos, como las revistas de prensa amarilla de nuestros días, que con tal de estar en el candelero informativo, muchas veces no dudan en inventar noticias sobre personajes que suelen caer mal en la sociedad.

Tal vez, una de las hipérboles más descarada es cuando el autor escribe:

En sus triclinios de artesonado giratorio cubría a sus invitados de violetas y flores, hasta el punto de que algunos de ellos murieron al no poder salir al exterior (SHA, Hel. 7.5).

Texto que fue muy bien retratado por el magnífico pintor del siglo XIX L. Alma Tadema en su cuadro “Las rosas de Heliogábalo”.

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Pero las excentricidades del emperador no se quedaron ahí. Por ejemplo, en otro párrafo:

Reunió en unos edificios públicos a todas las meretrices que pululaban por el circo, por el estadio, por los baños y por otros lugares, y pronunció una arenga ante ellas como si se trata de una arenga militar, llamándolas “compañeras de armas”, y discutió con ellas sobre las distintas clases de posturas y placeres (SHA, Hel. 26.3)

Este texto y otros hacen referencia a la feminidad del emperador, del cual se llegó a decir que le gustaba vestir como una mujer, tal vez por esa imagen que siempre se ha tenido de las cortes orientales como muy sobrecargadas de abalorios y decoraciones en las vestimentas. Lo que está claro es, que por lo menos el muchacho se informaba sobre el tema sexual. El saber no ocupa lugar.

Según el señor Lampridio, una de las bromas que más gustaba a hacer en su palacio de Roma a Heliogábalo era la siguiente:

A menudo encerraba en un dormitorio a sus amigos, después de haberles emborrachado, e inesperadamente introducía por la noche leones, leopardos y osos desprovistos de garras para que, al despertarse con la luz del día o, lo que es más grave aún, durante la noche, se encontraran con estas fieras en la misma estancia, y como consecuencia la mayor parte de ellos murieron (SHA, Hel. 25,1)

Qué graciosa su majestad. Cómo le gustaba jugar a Vario, qué cachondo. Poniéndonos serios, esta sería una representación de la tradición sobre las bacanales o la figura del dios Baco, puesto que este siempre iba acompañado, según la mitología, de animales salvajes como las panteras, representación que intenta unir el como una persona se desmelena cuando va ebria.

En fin, toda una serie de actividades libidinosas que tanto autores más serios como Herodiano, como el autor anónimo de estos relatos confirieron, no solo al pobre y joven Vario, si no también a Cómodo, por ejemplo, desdeñando casi cualquiera de sus acciones “buenas” en pro de las antes mencionadas.

Pero, como digo muchas veces, debemos tener cuidado a la hora de enfrentarnos a textos como estos, tan cargados de hipérboles, puesto que la mayoría de las cosas que cuentan son mentiras; aunque también dentro de esos textos encontramos pistas sobre la realidad. En este caso lo podemos ver en el siguiente párrafo:

No se conserva ninguna de las obras públicas que promovió, salvo el templo al dios Heliogábalo, al que unos llaman Sol y otros Júpiter, el anfiteatro -coliseo- restaurado tras su incendio y los baños emplazados en el barrio Sulpicio, que había iniciado ya Antonino, el hijo de Severo. (HSA. Hel. 17.8-9).

¿Qué nos quiere decir este párrafo? Que tal vez el reinado del jovencísimo Vario no fue un paréntesis de caos y fiestas en afterhour, sino que algo se hizo, que fue machacado como en otras ocasiones para que no lo conociéramos. Algo que quedó perdido en la memoria de los que ya no están y que, solo la arqueología nos puede desvelar con el tiempo.

*Recordad, niños, que siempre uso d.e.c. = después de la era cristiana.

Roma paga a “invasores”. ¿Crisis y caída del Imperio Romano?

En el colegio, cuando se da, o más bien se daba Historia, generaciones de nosotros hemos estudiado que el Imperio Romano sufre una gran crisis desde el siglo III d.e.c., que culmina con la caída de Roma en el año 476 en poder de los germanos. Mientras, la parte Oriental del Imperio, con capital en Bizancio u Constantinopla (Estambul), y que funcionaba como ente casi autónomo desde la muerte de Teodosio en 395 d.e.c., se mantendría más o menos estable -perdiendo más de la mitad de sus posesiones entre los siglos VII-X- hasta que un chaval llamado Mehmet II conquistara finalmente en 1453 la capital, pasando entonces a llamarse Imperio Otomano, hasta la Primera Guerra Mundial, grosso modo.

Lo que mucha gente no sabe, y muchos no nos explicamos el porqué, es que desde hace cuarenta años aproximadamente esa “crisis”, teoría en boga desde el siglo XVIII, se ha demostrado inexistente en muchos aspectos. Los investigadores de las últimas décadas no hablan de crisis sino de evolución, transformación del Imperio a tenor de muchos factores que influencian en el cambio de mentalidad, de la tradicional romana a una mezcla entre las diferentes culturas que lo formaban y el enorme choque de trenes que supone la inclusión del cristianismo dentro de las magistraturas más importantes. Punto de inflexión es la conversión de Constantino, que parece más un: -bueno, como aceptamos todos los dioses, por uno más que me proteja no me va a pasar nada-.

El retraso que persigue a la enseñanza de la asignatura de Historia en colegios e institutos no es propio únicamente de la sociedad española, sino que alcanza a todo el orbe. Se siguen una serie de presupuestos, alejados de los estudios actuales ya que parece que con eso vale para llegar a un mínimo exigible. Pero no, no vale solo con dar “lo de siempre”. Por culpa de esos postulados -malditos ilustrados del siglo XVIII, pardiez- se crea una serie de presupuestos que son aplicados, por ejemplo, por el primer ministro de Holanda en días pasados, el cual venía a comparar y afirmar que si en Europa se dejaba pasar a los refugiados sirios, caería al igual que lo hizo Roma hace mil quinientos años.

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Sonriente y xenófobo, el primer ministro holandés.

Bien. Obviamente esto son maniobras políticas para inclinar la balanza del pensamiento hacia uno u otro lado. Y las cosas, en la vida, y la Historia es la vida misma pero de los que han estado antes, no es ni blanca ni negra, es gris. Esas gamas de gris que hay entre el blanco y el negro son todas las causas que propiciaron que un señor llamado Odoacro se presentara un buen día en Roma en plan: Hola, buenos días. Perdone pero ¿tiene cinco minutos para que le hable de nuestro sistema de gobierno?.

Luego entramos en la lectura tanto de los escritores de la época, muchos de los cuales tienen ese mismo miedo que muchos de nuestros conciudadanos, y la interpretación que hacemos en la actualidad de esos escritos. Os pongo un ejemplo: según el escritor Hidacio, los Suevos destruyeron las murallas de Conimbriga (Portugal) en torno al año 468 d.e.c. durante el asedio a la ciudad -que siguió poblada con más o menos suerte hasta el siglo XV, cuando la población residual pasó a vivir a Condeixa Velha-. Si hoy vais a Conimbriga os encontraréis con una muralla muy alta, muy grande y muy bonita que flanquea casi todo el perímetro de la ciudad en época Tardoantigua, además de los restos de la muralla Altoimperial, más testimonial que defensiva.

De esta manera, cuando leemos en la prensa que alguien ha demostrado cual fue la causa de la caída del Imperio Romano debemos mirar esto con recelo. Todas las causas son más o menos válidas pero no hay una que podamos demostrar que sobresale por encima de las demás. Podemos hablar de la entrada del cristianismo -si somos marxitas- o de los pueblos germanos -si somos positivistas-, pero realmente es un conjunto de episodios entre los que destaca la misma grandeza del Imperio, el no poder mantener a ese gigante con pies de barro. Peter Heather, en su libro titulado precisamente La caída del imperio romano achaca mayormente ese cambio al no mantenimiento de la administración imperial mezclado con los cambios en el mismo centro del poder: el emperador; todo esto unido a la presión de los pueblos germanos, que a su vez eran presionados por los los Hunos. Muchos, como nuestro amigo holandés, comparan eso con los sirios de la actualidad, pero podemos destacar dos puntos: en esa época existe una cosa llamada “Batalla de los Campos Catalaúnicos” en la que gran parte de los pueblos germanos junto con el ejército romano se unieron para luchar contra los hunos, y que si este señor viera los Simpsons, encontramos en el capítulo en el que se le hace el chequeo al señor Burns toda la explicación necesaria para conocer este episodio histórico.

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Flavio Josefo, o como ser un “chaquetero”

En la actualidad muchas personas se llevan las manos a la cabeza cuando su jugador favorito de deportes colectivos como el fútbol o el baloncesto decide cambiar de equipo, pero marcha al eterno rival, e incluso montan manifestaciones o amenazan de muerte a la persona. Pero imaginad por un momento que eso pasa en mitad de una guerra, cuando tu “país” está luchando contra un invasor extranjero y, de repente uno de los cabecillas de la revuelta que, además ha participado en fieros enfrentamientos contra esa potencia, llamada esta vez Roma, se marcha de tus filas al “equipo contrario”. La cara de estupor de quien hasta ese día habían sido sus compañeros de armas tuvo que ser de fotografía -una de las pocas cosas buenas que tiene la sociedad actual, que todo se queda grabado-.

Flavio Josefo, activista convencido, que había participado en la revuelta contra Roma de los años 60 del siglo I d.C., acabó sus días escribiendo sobre las antigüedades de su pueblo, las guerras en las que había participado e incluso una autobiografía en la que intenta justificarse. Pero su caso no es ajeno a la Historia Antigua. Tenemos a Polibio de Megalópolis que, tras luchar contra Roma  ser apresado tras una batalla, acabó siendo el escritor de cabecera de los escipiones, haciendo sus Historias para publicidad de dicha familia.

Así pues, de chaqueteros está el mundo lleno en todas las épocas de la Historia. En nuestra península lo sabemos bien pues, los íberos tenían fama, al igual que los celtas de la Galia, de cambiar de bando dependiendo del pagador y la conveniencia de cada caso, como bien lo muestra Tito Livio en su libro XV cuando estos abandonaron a su suerte al tío y al padre de Escipión el Africano en pleno combate contra los púnicos.

A favor del pobre Josefo he de decir que fue apresado durante la contienda y acabó sus días en Roma a sueldo de los flavios. De hecho en sus obras como Sobre la Antigüedad de los judíos habla de las tradiciones de su pueblo, cargando las tintas contra autores griegos como Polión, que hablaban de barbaridades practicadas por los judíos, como los asesinatos rituales de viajeros griegos, a los que cebaban para luego dar muerte (II, 94 y siguientes). Obviamente esta mala publicidad puede venir de una interpretación del Antiguo Testamento, cuando se habla del sacrificio molk que llevaban acabo los fenicios, el cual tampoco hoy en día está muy claro si fue practicado, o si se hizo, era como encontramos escrito en la Biblia.

Otro relato curioso de nuestro escritor judío favorito del siglo I d.C. es cuando nos habla sobre Antíoco Epífanes y el hallazgo en el templo de Jarusalén de una supuesta cabeza de asno, o una escultura de Moisés encima de un asno (II, 83). Este hecho que, según Josefo es falso, tuvo repercusión en autores posteriores como Tácito y Tertuliano, este último cristiano. A estos autores les venía bien este tipo de relatos para justificar el poder escribir mal sobre los judíos.

Josefo, que pudo haber participado en la batalla de Beth Horon, en la que un contingente judío venció a varias legiones romanas, se ganó el desprecio de todos sus conciudadanos al quedarse en Roma y escribir, en griego, sobre su pueblo. Aunque lo cierto es que, si bien en su autobiografía, como hemos dicho anteriormente intenta justificar el por qué está con los romanos, aduciendo que no son tan malos, que hay compatriotas que se han portado mal con él -esto nos recuerda mucho a “La vida de Brian” con el famoso “¿qué han hecho los romanos por nosotros?”-, en el resto de sus escritos lo único que hizo, aparte de hablar sobre la historia de su pueblo, fue meterse con los trabajos de autores griegos como el citado Polión, intentando desmentir las historias que se contaban sobre el pueblo judío. Es curioso el que aduce a veces a la falta de liquidez de los griegos y a la ayuda judía, tema que se ha convertido en un topos –tópico- muy extendido a lo largo de la Historia.

Posible retrato hecho en mármol del autor judío.

Posible retrato hecho en mármol del autor judío.

Cicerón y las campañas electorales.

Hoy en día estamos acostumbrados a ver, día sí, día también, escándalos relacionados con políticos de todo signo o partido. Una de las palabras más repetidas en un informativo es: malversación. Y no nos extraña ya el paseo de políticos tanto de España como del resto del mundo, por cárceles que incluso fueron inauguradas por ellos años atrás.

Además, en esta sociedad globalizada, la noticia que se produzca en un pequeño pueblo de China, a los pocos minutos en portada en los mayores periódicos del mundo gracias a internet. Pero en época romana el mundo era más pequeño. Las noticias tardaban días en llegar de un sitio a otro, excepto si estabas en la metrópoli: Roma. Todas las noticias, incluso, en época republicana, los consules que se elegían cada año. Pues bien, uno de esos cónsules, que concretamente ejerció el cargo entre el año 63-62 a.C. fue el aclamado literato y político Marco Tulio Cicerón. Leyendo el Pequeño manual de campaña electoral, el cual, posiblemente fue escrito por su hermano Quinto Cicerón, nos encontramos con el siguiente párrafo:

Por último ocúpate de que toda tu campaña electoral se desarrolle con gran fastuosidad, que sea brillante, espléndida y atractiva para el gusto popular, ofreciendo un aspecto de grandeza y dignidad. Y además, si es posible de cualquier manera, que surja entre tus competidores algún escándalo, en consonancia con el carácter de cada uno, relacionado con algún crimen, o con su comportamiento sexual, o con algún soborno…

¿Nos suena ese comportamiento de algo? Muchos políticos, a lo largo de la Historia han usado a su favor y siempre que ha sido posible, las debilidades del contrario para usarlas en su favor. Muchas veces, solemos prejuzgar la actitud de alguien solo porque ha aparecido en prensa, o porque alguna otra persona nos ha dicho, etc. Y ese comportamiento no era desconocido en Roma, además teniendo en cuenta que todos los años había elecciones y que un político, a no ser por mandato del Senado, no podía repetir cargo en los cinco años siguientes después de haber terminado su poder.

Las estrategias, seguidas por todas las corrientes políticas de desacreditar al contrario, a veces llevan a errores de bulto; y eso lo podemos observar ya en época imperial con personajes como Nerón o Cómodo. A ambos, una mala publicidad hecha en su día por algunos autores, lesha perjudicado hasta casi dos mil años después de muertos, atribuyéndoles cosas que no hicieron o, en el caso de Cómodo, creyéndonos esa imgen ficticia, totalmente inventada, que aparece en la película Gladiator. Cuando veamos que un personaje histórico está muy denostado, siempre nos tenemos que hacer la siguiente pregunta: ¿eso realmente fue así?

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