Cita

Sobre la corrupción. A roman tale…

Siempre he pensado que hay comportamientos inherentes al ser humano y que estos, independientemente de épocas, hechos, contextos, siempre salen a la luz cuando menos lo esperamos. Cuando tratamos un tema como el de la corrupción en época romana, no podemos evitar echar una ojeada a los periódicos actuales, donde casos de diversa índole e ideología pululan por las noticias y hasta se han convertido en normalidad. La corrupción, en sociedades como la nuestra, ha sido aceptada en todas las capas de la sociedad, y muy pocos se libran de esa espiral.

Los clichés sociales con los que vemos épocas pasadas nos hacen pensar muchas veces que ciertas culturas anteriores a la nuestra han sido peores o mejores, porque destacamos un hecho, no la cultura entera. Por suerte, con la historia de Roma, en los últimos años y gracias a la labor de investigación y divulgación de diversos autores, se ha producido un acercamiento más realista debido a los estudios sobre las que podríamos catalogar como clases populares. Tal vez el que la crisis que nos sigue envolviendo hoy en día haya afectado a la mayor parte de la sociedad, ha hecho que algunos investigadores centren más sus estudios en esas clases, que son las que realmente se ven afectadas en su mayoría por los recortes del presente y los fiascos del pasado.

Ya se lamentaba Salustio, autor que he tratado para este artículo, en su ensayo sobre la conjura de Catilina, de que en ese siglo I a.e.c. de grandes cambios, la sociedad romana había abandonado las tradiciones que hasta la guerra contra Carthago habían distinguido a la ciudad del Lazio (Cat. 10, 3-11,4).

En este artículo me voy a centrar en dos episodios acaecidos en tiempos de la república: el primero, por orden cronológico, citando el soborno que hizo Yugurta a ciertos políticos romanos para salir absuelto del delito que se le había imputado; y luego con el caso de Rabirio Póstumo, un político romano que fue defendido por Cicerón del delito de concusión.

Si viéramos a Yugurta con los ojos del siglo XXI, más de uno pensaría que le hace falta un “hermano mayor”, pese a que rebasaba la treintena cuando ocurrieron los hechos que narro. Parece que todos los pecados de la adolescencia caen en este personaje que puso en jaque a la Roma de Mario y sus amigos. Ambición, poder, envidias, guerras familiares. Este muchacho lo aúna todo en una sola persona. Pero centrémonos en los hechos concretos que, a su vez provocaron la llamada Guerra de Yugurta, donde hombres como Mario y Sila se curtieron para luego llegar a ser los amos de la República. Corría el año 113 a.e.c. y un joven Yugurta, no satisfecho con tener una parte del reino de Numidia, invadió Cirta, mató a Aderbal y de paso a unos cuantos comerciantes romanos. Claro, esto a Roma no le sentó especialmente bien, cosa que Yugurta no comprendió. Al fin y al cabo sólo eran unos pocos comerciantes, ¿qué podía salir mal?  Todo el peso del Imperio cayó entonces sobre esta zona que en la actualidad ocupa gran parte del Norte de África, desatándose una guerra que duró la friolera de siete años aproximadamente y que terminó, como era de esperar, con el inquieto e impío Yugurta en poder de una Roma que no le perdonaría sus sobornos y le ajusticiaría, finalmente, en 104 a.e.c.

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Moneda conmemorativa de la captura de Yugurta por Sila (Fuente: wikiseurce)

Aunque unos años antes, cuando el cerco de la ciudad de Cirta antes mencionado, y la muerte de Adérbal, se le exigió a Yugurta acudir al senado de Roma para explicar los hechos. Éste se llegó a trasladar a Roma pero, oh dioses, nunca llegó a declarar. Incluso se había establecido una comisión para tratar el tema de la muerte de los comerciantes italianos en suelo númida, además de la paz que Bestia, el Cónsul de aquel año, había firmado con el gobernante, debido a que era demasiado favorable a éste último (Iug. 29 y ss.). Pero el veto de uno de los tribunos de la Plebe, Cayo Bebio, contra la opción propuesta por Cayo Memmio impide tal hecho. El joven gobernante continúa en Roma viviendo a cuerpo de rey mientras la indignación crece en la población, que ven movimientos raros en un Senado que poco a poco iba perdiendo la confianza tanto de la plebe como de los grandes hombres de su tiempo. Y así nos lo cuenta Salustio en su Iugurta (34 y ss.). Esto quiere decir que, había personajes tan influenciables, cobardes y flojos de bolsillo, que no dudaban en ganar un dinero a costa de las vidas de sus propios compatriotas, como el caso que nos ocupa. Es fácil imaginar, cuando vemos el cuadro de August Müller, a Yugurta en un callejón escondido mientras el Tribuno Bebio se acerca, con la cara y la vergüenza tapadas por la cubierta de la ambitio, en una noche cerrada y con el único acompañamiento sonoro de una bolsa llena de dinero para encubrir los delitos producidos.

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Augusto Müller, “Jugurta”. Museu Nacional de Belas Artes (Sao Paulo) [Fuente: wikisource]

El segundo caso que nos ocupa es el de Rabirio Póstumo, un político y hombre de negocios que fue acusado de concusión, un delito que consiste, en este caso, en apropiarse de más dinero del que le correspondía por llevar anualmente las finanzas de Egipto. Como bien dicen Fernández Uriel y Jiménez Escalona en su artículo “Corrupción en monarquía ptolemaica: Rabirio Póstumo”:

“Este proceso muestra importantes relaciones económicos y políticas entre Roma y Egipto” (p. 37).

Esto quiere decir que el intrusismo romano en torno al año 60-55 a.e.c. en la que luego será provincia del Imperio, denota esa querencia por hacerla suya o, por lo menos de acercarse sigilosamente al poder de los ptolomeos.

De hecho, este caso comienza unos años antes, en casa de Pompeyo, como narra el mismo Cicerón, defensor de Rabirio. Lugar donde se reunieron Ptolomeo XII y los amigos de Pompeyo para que estos le prestaran el dinero necesario para crear un ejército con el que recuperar Egipto de las manos de su hija y usurpadora, Berenice IV. Este hecho se consagró, pero Egipto quedó en deuda con Pompeyo y sus clientes, uno de los cuales había sido Rabirio. Para compensar el que no iba a cobrar, o iba a tardar mucho en hacerlo, Ptolomeo nombró a Póstumo una especie de ministro de hacienda. Sirva de ejemplo la típica empresa que un buen día, no sabes porqué, aparece en tu ciudad llevando todos los servicios que teóricamente eran públicos. Empresa perteneciente a un empresario que prestó dinero a tu alcalde/sa en su momento -elecciones- a cambio de tener algún tipo de trato de favor. ¿Os suena? Se llama tráfico de influencias.

El tema fue que Rabirio empezó a coger dinero de las arcas públicas de Egipto, Ptolomeo se enteró y lo acusó ante el Senado, en el año 54 a.e.c., del delito de concusión, que ya he explicado antes. Pero gracias a la ayuda inestimable de Cicerón, el cual dejó todo escrito en su Pro C. Rabirio perduellionis reo ad quirites, de una condena de muerte, se pasó a un simple exilio del que el político romano volvería en tiempos de César.

Hoy en “FAKES HISTÓRICOS”: El milenarismo va a llegar a Cartagena!

Hace aproximadamente una semana aparecía en prensa nacional la noticia sobre unos estudios llevados a cabo en 2013 y publicados a nivel científico hace un par de años -os dejo el enlace al artículo abajo-, en los que se hablaba de la disposición de los templos en la Antigüedad con respecto a constelaciones específicas, atendiendo a la posición de la entrada a los mismos, alineación estelar, etc. Es un hecho común a muchas religiones ese tipo de alineaciones, que vemos incluso a la entrada de las ciudades -véase el caso de Puente tablas (Jaén)-. En el caso de Cartagena -o Carthago Noua-, se la comparaba con los estudios realizados en otras ciudades del Oriente antiguo, debido a que la fundación de la ciudad obedece a la cultura púnica, heredera de la fenicia. Así, se llegó a la conclusión que los templos que habrían estado ubicados en alguno de los cerros que rodean la ciudad en su interior, tendrían este tipo de alineaciones: por ejemplo, en el actual Molinete -Arx Hasdrubalis- hay un templo dedicado a Atargatis, cuyo origen es púnico, siendo más tarde reutilizado por los romanos, así como un santuario romano de época republicana.
Como podréis observar tanto por los titulares como por el desarrollo de la noticia, ésta fue usada de una manera u otra dependiendo del medio que la publicase. Inicialmente la información obedece a una entrevista que la Agencia EFE efectuó a dos de los autores del artículo, pero la información ha sido tratada de manera, digamos, diferente: mientras que en la fotografía que os adjunto, sacada del diario “El Confidencial”, se ciñen más a la noticia original, el trato por parte del periódico “La Verdad” -¿verdad? ¿qué es eso? ¿se come?-, parece sacado de un documental del Canal Historia sobre viajeros espaciales.Sin contar con algunos errores históricos garrafales que han sido escritos únicamente para hacer la noticia más importante, la información que dan, en varios casos, es engañosa y no obedece a lo dicho en la entrevista. Además, en el caso de que lo hubiera escrito alguien de la Región de Murcia -dato que desconozco-, es de traca el poner una fotografía del santuario republicano romano con el pie de foto rezando: “Columna del templo de Tanit”. Así, porque yo lo valgo. Porque si no lo sé, me lo invento, y no pasa nada.
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¿Que por qué algunos hacen estas cosas? No idea.
 
¿Se podría hacer mucho mejor para no dar falsas esperanzas de algo que no es? Yes, of course. Solo hay que leer un poquico.
 
¿Qué sacamos de esto?
 
Que nunca nos podemos fiar de la primera impresión al leer una noticia. Debemos esforzarnos un poco en LEER, que no cuesta nada, solo un ratico de nuestro tiempo. Debemos leerlo TODO, hasta llegar a la fuente raíz, para no dejarnos engañar. Obviamente no se escribe la noticia tan mal debido a que la persona lo haga con mala fe. Simplemente es porque no se entera de lo que ha leído u le han dicho.
Así que, niños, la próxima vez, ya sabéis. Leed, leed y leed todos de él.
*Para el artículo científico, pinchad aquí: 
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Noticia de “El Confidencial”

 

 

 

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Noticia de “La Verdad”

Errores trimilenarios: segunda parte.

Ya dediqué hace un tiempo una entrada a la errada Historia sobre mi ciudad de origen, Cartagena, que algunos se empeñan en perpetuar, sin tener en cuenta las decenas, cientos de estudios serios sobre los diferentes temas que abarcan la extensa cronología de la misma. Hacía hincapié sobre todo, en los temas referentes a la Historia Antigua de la ciudad, casi tan bien conocida como la Edad Media o la Moderna pero que, tal vez envuelta por ese halo de misterio que le da el estar más lejana a nosotros, muchos se permiten el lujo de inventar, decir, componer obras erróneas y ningunear los trabajos de los verdaderos especialistas, que los hay, y muy buenos, sobre la arqueología cartagenera.

Estas líneas supongo, se pueden aplicar a cualquier ciudad del orbe romano en la actualidad. En todos sitios cuecen habas, y en cada población, por grande o pequeña que sea hay eruditos a la violeta, sabios poseedores de una verdad absoluta solamente atestiguada por aquella escuela positivista, que veía la Historia desde el dato y no desde el hecho, en plan: en esta plaza paró una vez Escipión el Africano, miccionó justo en esa esquina, donde todavía pueden oler su orina, y luego continuó hacia Roma.

La mayoría de los hechos, lejos de ser comprobados, siempre son afirmados con esmero porque “don Fulano, que era el médico cuando yo era pequeño, lo dijo en un libro”. Y claro, años de investigación seria no pueden hacer nada frente a los libros escritos en el ocaso de la vida por personas sin formación, las cuales, muchas veces sin querer, meten la pata. Pero esa pata es seguida por legiones de fieles. Además, el arqueólogo u el historiador de Universidad siempre quieren arrebatarle al pueblo la Historia soñada.

Y ahora, comenzamos esta segunda parte de esos “errores” trimilenarios.

Hace ya algún tiempo me tocó trabajar en cierto yacimiento musealizado, donde cerca del mismo se encuentran una serie de restaurantes, por el centro. Como el sitio donde normalmente íbamos a por café antes de entrar a trabajar estaba cerrado, me decidí a acudir con un compañero a otro, un poco más cercano pero más caro, donde nos dispensaron un trato bonito, tierno, de esos que dejan huella. Unas miradas tan cálidas como la de un francotirador soviético en Stalingrado y la simpatía propia de un dinosaurio carnívoro que lleva semanas sin comer nos acogieron entre sus paredes. Me disponía a salir con esos cafés tan, tan buenos como un vaso de agua destilada cuando, o pardiez, me topé con una serie de carteles que hablaban de la grandilocuente historia de mi ciudad. Mi primera impresión -antes de leerlos- fue la de “oh, mira, alguien que se preocupa por mostrar al turista algo más”, pero nunca, repito, nunca, me debiera haber parado a leer.

Aparte de las faltas de comprensión textual, las cuales pasaremos por alto porque todos tenemos y, porque quiero que a mis amigos y conocidos filólogos les sangren los ojos desde su punto de vista, me topé con unos clichés que, muchas veces por desgracia aparecen, ya no solo en mi ciudad, sino en todas las del mundo. Como escribí en párrafos anteriores, en todos los sitios pasa lo mismo, pero yo voy a hablar de mi ciudad, que es la que creo conocer -aunque no tan bien como los que se autoproclaman salvadores de la patria cartagenera, obviamente-.

Los carteles están colocados de manera “cronológica” entre ellos, así que empezaremos por el primero, el que hace referencia a la ciudad desde su fundación -y no, no diré el nombre del sitio, que cada cual lo encuentra cuando venga- hasta la llegada de los romanos:

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Como veis, he marcado en negro las cosas raras, que analizamos una por una:

  1. La manía de la persona que ha escrito lo que podemos leer en los carteles, de realizar una mezcla ininteligible de nombre en diferentes idiomas: Cartagena, España, Carthagonova, etc. Hay que tener en cuenta que España como tal no existe en esta época, y que no debemos caer en los recursos que usaba la historiografía hace sesenta años. Es como hablar de Estados Unidos de América en el siglo XI, cosa totalmente inventada.
  2. ¿En qué quedamos? ¿Asdrúbal construyó las murallas o se aprovechó de las murallas? Lo que sabemos hasta ahora es que los púnicos construyeron una muralla, que tras las últimas excavaciones en el monte del Molinete se ha podido atestiguar que se reutilizó hasta el siglo VI d.e.c. con diferentes modificaciones.
  3. ¿Algunos palacios? En fin, para esto os remito a la entrada que realicé el año pasado titulada “Palacios en el aire”, pero sobre todo a los estudios realizados por el equipo del profesor Noguera, de la Universidad de Murcia, en la cima del cerro del Molinete. Lo mejor es que, el acérrimo cantonal que lea esto dirá: claro, como lo han excavado los murcianos, pues no han dejado nada porque no les conviene. Conspiranoia everywhere! (Aparte, el equipo de excavación está formado en casi su totalidad por gente de Cartagena y alrededores).
  4. Aníbal -el púnico, no Lecter ni Smith- era cuñado de Asdrúbal. A lo mejor Aníbal Lecter era su sobrino, y en un arrebato se comió a Amílcar.
  5. “Las atalayas de Aníbal”, o como renombrar a torres defensivas de los siglos XVI y XVII.

 

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En este segundo cartel la cosa se pone más seria. Se nota que el que lo ha hecho ha estado días y días sin dormir para poder escribir una historia, que no la Historia de la ciudad:

  1. Ya en el nombre nos salen ojeras de leer. “Cartago nueva” ¿really?. En todo caso sería “Nueva ciudad nueva”, debido a la evolución del nombre desde el púnico al latín, pero en todo caso, no se traduce, que queda muy feo hombre.
  2. Eso de que se llame así hasta el “último tercio del siglo V”, supongo que será hasta el último tercio que se tomaría el que lo escribió, en el bar de la esquina, porque el nombre de Carthago continuaría hasta la llegada de los musulmanes, de los cuales tenemos noticias en el entorno del teatro romano desde el siglo IX aproximadamente. Es entonces cuando pasará a llamarse Cartayannat l-Halfa.
  3. Lo de los nombres inventados de Skombraria y tal, suena más a casting para nombre de grupo heavy.
  4. Augusto no pudo iniciar ningún proyecto de romanización puesto que la ciudad ya estaba romanizada desde hacía más de un siglo. Lo que hizo Octaviano fue reformar la ciudad dentro del organigrama político y administrativo, para hacer lo mismo que en casi todas las partes del recién creado Principado: una Roma en pequeño. Básicamente, si viéramos a Augusto con los ojos del siglo XXI para nosotros sería un dictador que, tras ganar una guerra civil realiza grandes obras para que su pueblo lo vea como un gran constructor y gobernante. Pero lo mejor es que os leáis el magnífico libro de Paul Zanker Augusto y el poder de las imágenes.
  5. Con respecto a lo de César…¿por dónde empezar? Aparte de que todavía no sabemos si fue él o Pompeyo el que nombra COLONIA a la ciudad, básicamente al “escritor” se le ha olvidado eso, la palabra Colonia, que es el rango al que llega la ciudad en esta época. Y no, no se construye el foro en esta época, ni el teatro. El foro es de origen republicano y reformado en época de Augusuto, y el teatro se construye en época de Augusto, precisamente porque está dedicado a sus nietos: Cayo y Lucio.

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Y llegamos al último cartel, pero no por ello el mejor escrito. De hecho es el más inverosímil, porque claro, como todo el mundo sabe la tardoantigüedad es esa época que ocurre entre la llegada de Conan el bárbaro y Juego de Tronos.

  1. Con el nombre…idem, eadem, idem. Que no se traducen, leñe.
  2. Como todos sabéis, en España gobernaba Felipe VI hasta que llegaron los reinos germanos para establecerse y dejarlo todo pastas arriba con su morbo gótico. Para empezar, en esta época a la península se le sigue llamando Hispania y más tarde Spaniam, precisamente por los godos, que establecerán una monarquía electiva, como ha pasado en la actual Alemania hasta que comenzó a ser una república, debido a que en parte es heredera de esas tradiciones. Pero lo mejor es lo de las “construcciones” como “las termas de la Calle Honda”. Nadie sabe la cronología de las termas, menos el avispado e intuitivo escritor de esas líneas. Las termas fueron excavadas en el año 1984, no encontrándose una cronología segura, aunque se baraja la posibilidad de que fueran construídas en torno a finales del siglo I d.e.c., es decir, unos cuatrocientos años antes de lo que aparece ahí escrito. De hecho, se sabe que en el siglo V toda esa zona de la ciudad está abandonada y será reutilizada en el siglo VI por los bizantinos, en el breve espacio de tiempo que dominaron el Sureste peninsular. Y esto me lleva a…
  3. Lo que hace Leovigildo es una campaña de conquista de la Oróspeda, región que quedaba entre las posesiones bizantinas y las visigodas, en un territorio también entre las actuales Murcia, Alicante y parte de Castilla-La Mancha. De hecho, los investigadores de verdad no se ponen de acuerdo todavía en dónde estaría la frontera entre los visigodos y los bizantinos.
  4. No mentamos nada de los bizantinos aquí ¿para qué? Prefiero inventarme la llegada inexistente de inmigrantes norteafricanos presionados por un reino vándalo que ya no existía porque estaba anexionado a Bizancio. Lo que llega es cerámica procedente del Norte de África, como la Terra Sigillata Africana que podéis ver en el Museo del Teatro Romano de Cartagena, del cual recomiendo encarecidamente la visita.
  5. Y volvemos atrás en el tiempo, como Marty McFly, hasta el siglo V de nuevo, para comprobar que, pese a la construcción de un macellum (mercado) encima de la escena del teatro, “Cartagena es abandonada a su suerte”. Lo que ocurre es algo tan importante como la caída del Imperio Romano de Occidente, que se disgrega en diversos reinos que luego evolucionarán a esa amalgama política de la Edad Media.

De esta manera, podemos observar la sapiencia popular de la Historia de mi ciudad -y eso sin entrar en la creación de la primera, primerísima catedral de ¡España!, cuando ni existía el concepto de iglesia ni de cristianismo-; y el poco caso que se hace a la gente, muchas veces oriunda de la propia ciudad, que dedica su esfuerzo en el estudio de la misma.

*Nota mental: lo siento mucho por la calidad de las fotografías.

Minientrada

Heliogábalo: un emperador en el cole.

Jamás hubiera escrito la vida de Heliogábalo Antonino, conocido también con el nombre de Vario, para que nadie hubiera tenido noticia de la existencia de este emperador romano…

De esta manera comienza el relato que Elio Lampridio -supuesto autor de la vida de Heliogábalo- hace de este muchacho que gobernó Roma entre los años 218-222 d.e.c. La verdad es que no es un comienzo muy alentador. ¿O sí? El ser humano, especie en la que todavía incluyo a muchos de los que vivimos en los núcleos urbanos, siente curiosidad por las historias morbosas que rodean a personajes atormentados, y este muchacho no deja indiferente a nadie.

El problema al que nos enfrentamos a la hora de comentar o intentar hacer una vida de Heliogábalo, penúltimo emperador de la dinastía Severa, es precisamente la extraordinaria vida que llevó, según los autores que la trataron, ya en época romana, y de los que dependemos a la hora de acercarnos al joven Vario. Yo voy a ceñirme expresamente a la Historia Augusta, precisamente por ser la más alejada de la realidad y, porqué no decirlo, la más divertida. Pero para hablar de Heliogábalo según la Historia Augusta, o Elio Lampridio, autor que supuestamente escribe su vida para este compendio de biografías imperiales, primero debemos acercarnos a la obra.

¿Quién es él o ellos?

La primera vez que nos acercamos a este maravilloso libro, leemos que hay una serie de autores diferentes que escriben historias iguales sobre diferentes emperadores, entre el siglo II y finales del siglo III d.e.c.*, y este hecho provocó que desde el siglo XIX por lo menos, algunos autores se plantearan que esa multiautoría era realmente de uno solo que, parece ser, quería dárselas de que conocía a muchos autores y que le hacían un regalo al emperador de turno. Vamos, el postureo de la época. Conclusión: por lo menos en la edición en castellano que he manejado -de Vicente Picón y Antonio Cascón para ed. Akal- junto con la bibliografía que dichos traductores manejan, fue un solo autor, del cual desconocemos el nombre.

¿Y cuándo se compuso?

Aquí el tema está más complicado. Sabemos que, como los últimos emperadores tratados, Caro, Carino -hermano de Carina, que lo buscaba en el baúl de los recuerdos- y Numeriano, son justo los que gobiernan antes de Diocleciano, la obra tuvo que componerse desde el año 290 en adelante, aproximadamente. Algunos autores, como Dessau, han querido centrarla en el reinado de Teodosio, y justo entre los años 385-388, más de cien años después del reinado de los últimos nombrados. Otros, como el señor Seeck, se la llevan al siglo V; pero el amigo Mommsen la fecha entre el 330 y el reinado de Teodosio. Obviamente, Mommsen, como siempre, es el más listo, porque pone un arco de años mucho más amplio y así no se “pilla las manos”. Así que nos podemos imaginar a los diferentes estudiosos del tema pugnando por llevar la razón, al modo del partido de fútbol entre filósofos de los Monty Python.

Una vez que ya hemos tratado la “magnífica” obra en la que nos vamos a basar para esta descripción de la vida de Heliogábalo -hay más escritores antiguos como Herodiano y Dión Casio, que son más exactos pero más aburridos- pasemos a hablar del joven:

Pequeños datos biográficos imparciales:

Nació en el año 203 en Emesa (Siria) y fue asesinado el 11 de Marzo de 222 en Roma, tan solo menos de cuatro años después de haber accedido al trono, al cual llegó cuando contaba unos quince años. Debemos imaginar a un muchacho con facciones sirio-palestinas, criado al modo oriental, que en aquella época rezumaría el intento de llegar al boato de las cortas persas de cuando las Guerras Médicas, pero que se quedaría en solo eso, un intento. Todo eso mundo había cambiado desde que Roma plantara el pie en Oriente y convirtiera Siria en una provincia, mezclando las tradiciones propias de la zona con las exportadas desde otras partes del Imperio. Pero en los primeros años del siglo III, donde ni los emperadores eran nacidos en la Península Itálica, sino que Septimio Severo era originario del Norte de África, esa mezcolanza proveía a Roma de un tesoro sin igual.

En la familia, él y su primo Alejandro, que le sucedería en el trono, habían sido criados para cuando llegara el día de gobernar.

Así pues, tenemos a un muchacho menor de edad, que llega al trono tras una serie de asesinatos cometidos por el ejército dentro de la familia imperial, y que, precisamente por su juventud tuvo que apoyarse siempre en su madre. Por lo menos en el escueto tiempo que le dejaron gobernar.

¿Qué dice la Historia Augusta sobre el muchacho?

Viendo como empieza el relato de Heliogábalo -que, por cierto, se hizo llamar así por el dios protector de la ciudad en la que vivía-, nos podemos imaginar el desarrollo de la biografía; pero debemos tener en cuenta, sobre todo, que esto es un patrón de conducta que el autor atribuye a los emperadores, es decir, dependiendo de cómo haya sido en general el reinado, los va a atacar o defender, inventando hechos sobre los mismos para la comidilla de las personas que lo leyeran. Vamos, como las revistas de prensa amarilla de nuestros días, que con tal de estar en el candelero informativo, muchas veces no dudan en inventar noticias sobre personajes que suelen caer mal en la sociedad.

Tal vez, una de las hipérboles más descarada es cuando el autor escribe:

En sus triclinios de artesonado giratorio cubría a sus invitados de violetas y flores, hasta el punto de que algunos de ellos murieron al no poder salir al exterior (SHA, Hel. 7.5).

Texto que fue muy bien retratado por el magnífico pintor del siglo XIX L. Alma Tadema en su cuadro “Las rosas de Heliogábalo”.

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Pero las excentricidades del emperador no se quedaron ahí. Por ejemplo, en otro párrafo:

Reunió en unos edificios públicos a todas las meretrices que pululaban por el circo, por el estadio, por los baños y por otros lugares, y pronunció una arenga ante ellas como si se trata de una arenga militar, llamándolas “compañeras de armas”, y discutió con ellas sobre las distintas clases de posturas y placeres (SHA, Hel. 26.3)

Este texto y otros hacen referencia a la feminidad del emperador, del cual se llegó a decir que le gustaba vestir como una mujer, tal vez por esa imagen que siempre se ha tenido de las cortes orientales como muy sobrecargadas de abalorios y decoraciones en las vestimentas. Lo que está claro es, que por lo menos el muchacho se informaba sobre el tema sexual. El saber no ocupa lugar.

Según el señor Lampridio, una de las bromas que más gustaba a hacer en su palacio de Roma a Heliogábalo era la siguiente:

A menudo encerraba en un dormitorio a sus amigos, después de haberles emborrachado, e inesperadamente introducía por la noche leones, leopardos y osos desprovistos de garras para que, al despertarse con la luz del día o, lo que es más grave aún, durante la noche, se encontraran con estas fieras en la misma estancia, y como consecuencia la mayor parte de ellos murieron (SHA, Hel. 25,1)

Qué graciosa su majestad. Cómo le gustaba jugar a Vario, qué cachondo. Poniéndonos serios, esta sería una representación de la tradición sobre las bacanales o la figura del dios Baco, puesto que este siempre iba acompañado, según la mitología, de animales salvajes como las panteras, representación que intenta unir el como una persona se desmelena cuando va ebria.

En fin, toda una serie de actividades libidinosas que tanto autores más serios como Herodiano, como el autor anónimo de estos relatos confirieron, no solo al pobre y joven Vario, si no también a Cómodo, por ejemplo, desdeñando casi cualquiera de sus acciones “buenas” en pro de las antes mencionadas.

Pero, como digo muchas veces, debemos tener cuidado a la hora de enfrentarnos a textos como estos, tan cargados de hipérboles, puesto que la mayoría de las cosas que cuentan son mentiras; aunque también dentro de esos textos encontramos pistas sobre la realidad. En este caso lo podemos ver en el siguiente párrafo:

No se conserva ninguna de las obras públicas que promovió, salvo el templo al dios Heliogábalo, al que unos llaman Sol y otros Júpiter, el anfiteatro -coliseo- restaurado tras su incendio y los baños emplazados en el barrio Sulpicio, que había iniciado ya Antonino, el hijo de Severo. (HSA. Hel. 17.8-9).

¿Qué nos quiere decir este párrafo? Que tal vez el reinado del jovencísimo Vario no fue un paréntesis de caos y fiestas en afterhour, sino que algo se hizo, que fue machacado como en otras ocasiones para que no lo conociéramos. Algo que quedó perdido en la memoria de los que ya no están y que, solo la arqueología nos puede desvelar con el tiempo.

*Recordad, niños, que siempre uso d.e.c. = después de la era cristiana.

Roma paga a “invasores”. ¿Crisis y caída del Imperio Romano?

En el colegio, cuando se da, o más bien se daba Historia, generaciones de nosotros hemos estudiado que el Imperio Romano sufre una gran crisis desde el siglo III d.e.c., que culmina con la caída de Roma en el año 476 en poder de los germanos. Mientras, la parte Oriental del Imperio, con capital en Bizancio u Constantinopla (Estambul), y que funcionaba como ente casi autónomo desde la muerte de Teodosio en 395 d.e.c., se mantendría más o menos estable -perdiendo más de la mitad de sus posesiones entre los siglos VII-X- hasta que un chaval llamado Mehmet II conquistara finalmente en 1453 la capital, pasando entonces a llamarse Imperio Otomano, hasta la Primera Guerra Mundial, grosso modo.

Lo que mucha gente no sabe, y muchos no nos explicamos el porqué, es que desde hace cuarenta años aproximadamente esa “crisis”, teoría en boga desde el siglo XVIII, se ha demostrado inexistente en muchos aspectos. Los investigadores de las últimas décadas no hablan de crisis sino de evolución, transformación del Imperio a tenor de muchos factores que influencian en el cambio de mentalidad, de la tradicional romana a una mezcla entre las diferentes culturas que lo formaban y el enorme choque de trenes que supone la inclusión del cristianismo dentro de las magistraturas más importantes. Punto de inflexión es la conversión de Constantino, que parece más un: -bueno, como aceptamos todos los dioses, por uno más que me proteja no me va a pasar nada-.

El retraso que persigue a la enseñanza de la asignatura de Historia en colegios e institutos no es propio únicamente de la sociedad española, sino que alcanza a todo el orbe. Se siguen una serie de presupuestos, alejados de los estudios actuales ya que parece que con eso vale para llegar a un mínimo exigible. Pero no, no vale solo con dar “lo de siempre”. Por culpa de esos postulados -malditos ilustrados del siglo XVIII, pardiez- se crea una serie de presupuestos que son aplicados, por ejemplo, por el primer ministro de Holanda en días pasados, el cual venía a comparar y afirmar que si en Europa se dejaba pasar a los refugiados sirios, caería al igual que lo hizo Roma hace mil quinientos años.

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Sonriente y xenófobo, el primer ministro holandés.

Bien. Obviamente esto son maniobras políticas para inclinar la balanza del pensamiento hacia uno u otro lado. Y las cosas, en la vida, y la Historia es la vida misma pero de los que han estado antes, no es ni blanca ni negra, es gris. Esas gamas de gris que hay entre el blanco y el negro son todas las causas que propiciaron que un señor llamado Odoacro se presentara un buen día en Roma en plan: Hola, buenos días. Perdone pero ¿tiene cinco minutos para que le hable de nuestro sistema de gobierno?.

Luego entramos en la lectura tanto de los escritores de la época, muchos de los cuales tienen ese mismo miedo que muchos de nuestros conciudadanos, y la interpretación que hacemos en la actualidad de esos escritos. Os pongo un ejemplo: según el escritor Hidacio, los Suevos destruyeron las murallas de Conimbriga (Portugal) en torno al año 468 d.e.c. durante el asedio a la ciudad -que siguió poblada con más o menos suerte hasta el siglo XV, cuando la población residual pasó a vivir a Condeixa Velha-. Si hoy vais a Conimbriga os encontraréis con una muralla muy alta, muy grande y muy bonita que flanquea casi todo el perímetro de la ciudad en época Tardoantigua, además de los restos de la muralla Altoimperial, más testimonial que defensiva.

De esta manera, cuando leemos en la prensa que alguien ha demostrado cual fue la causa de la caída del Imperio Romano debemos mirar esto con recelo. Todas las causas son más o menos válidas pero no hay una que podamos demostrar que sobresale por encima de las demás. Podemos hablar de la entrada del cristianismo -si somos marxitas- o de los pueblos germanos -si somos positivistas-, pero realmente es un conjunto de episodios entre los que destaca la misma grandeza del Imperio, el no poder mantener a ese gigante con pies de barro. Peter Heather, en su libro titulado precisamente La caída del imperio romano achaca mayormente ese cambio al no mantenimiento de la administración imperial mezclado con los cambios en el mismo centro del poder: el emperador; todo esto unido a la presión de los pueblos germanos, que a su vez eran presionados por los los Hunos. Muchos, como nuestro amigo holandés, comparan eso con los sirios de la actualidad, pero podemos destacar dos puntos: en esa época existe una cosa llamada “Batalla de los Campos Catalaúnicos” en la que gran parte de los pueblos germanos junto con el ejército romano se unieron para luchar contra los hunos, y que si este señor viera los Simpsons, encontramos en el capítulo en el que se le hace el chequeo al señor Burns toda la explicación necesaria para conocer este episodio histórico.

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Y La Manga se hundió…o no.

Corría febrero de 2007, el que os escribe estaba terminando los exámenes del primera cuatrimestre del quinto año de universidad y, de repente, como una conspiración de aire nuevo apareció la siguiente noticia:

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Para el periódico que la publicó y la persona que la notificó suponía un gran hallazgo que venía a revolucionar la arqueología mundial desde una de las playas más conocidas de la península: La Manga del Mar Menor.

Para los que estamos un poco cansados de estas cosas era una más de tantas noticias falsas que pululan por la red y los diarios, y que lo único que hacen es empañar un trabajo como el de arqueólogo, al que siempre se le echa la culpa de todos los males de la sociedad, desde la expulsión de Adán y Eva del Paraíso, ocurrido realmente porque Dios -el judeocristianomusulmán- quería recalificar unos terrenos que contenían restos “antediluvianos”. Un arqueólogo lo excavó, Adán y Eva se encadenaron a un árbol para protestar, y se les echó. O por lo menos esa es la visión que una gran parte de la sociedad actual tiene sobre nuestro trabajo.

Volviendo al tema que  nos trae, las buenas gentes daban por hecho que la noticia era cierta porque la ciudad había sido encontrada por una arquitecta, y eso nos lleva al párrafo anterior de por qué a los arqueólogos de verdad nunca se les tiene en consideración. Desde San Javier, municipio al que pertenece esa parte de la playa, se tuvo que actuar de manera rápida ante las noticias que iban saliendo en torno a ese “gran yacimiento” desconocido hasta la fecha, e incluso desde el Centro Nacional de Investigación en Arqueología Subacuática (CNIAS) sito en Cartagena, hubo de enviarse a arqueólogos para investigarlo.

¿Qué fue de la ciudad? ¿Se excavó? ¿Es el motor económico de La Manga? ¿Ha suplantado ya a Pompeya?

Lo que pasó fue que, al ir a investigar los arqueólogos subacuáticos a la zona, confirmaron que el magnífico hallazgo no eran más que movimientos de tierra cercanos a la orilla que se habían realizado con máquinas en los años setenta del siglo veinte, como ya había aventurado D. Julio Mas, otrora director del Museo Nacional de Arqueología Subacuática y al que apenas se había tenido en consideración.

Ocho años más tarde, en el verano de 2015 la noticia volvió a aparecer en las redes sociales, conquistando a propios y a extraños que la compartían y retuiteaban sin parar, creyéndose en posesión de uno de los bienes más preciados de la humanidad, descubierto por una persona inexperta desde su ordenador mientras “jugaba” con Google Earth.

¿Qué podemos encontrar en La Manga?

La playa de La Manga, que actualmente pertenece a los municipios de Cartagena y San Javier, por desgracia se parece poco a cómo era hace unos cincuenta años aproximadamente. El urbanismo de asesinato ha acabado con casi todos los lugares preciosos que ofrece, pero sus playas me siguen encantando, sobre todo cuando no es verano.

Además cuenta con un patrimonio escondido, como la Playa de las Amoladeras -uno de los pocos rincones vírgenes que quedan- justo al entrar, donde se sitúa un yacimiento prehistórico, motivo por el cual se mantiene virgen. Hay o hubo restos romanos en la Cala del Pino, tenemos las salinas cercanas a Playa Honda, pecios hundidos en Punta de Algas y la Isla Grosa, la reserva natural de las Islas Hormigas, el faro de Cabo de Palos, que antiguamente fue torre defensiva contra ataques de piratas. En fin, toda una amalgama patrimonial que debería ser conocida.

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La vida de Vespasiano.

Cuando hablamos de Vespasiano debemos hacerlo desde la perspectiva de que fue el primer princeps -duradero- después de los Julio Claudios, la dinastía impuesta tras la muerte de Augusto. Su llegada al poder, como hemos podido comprobar, se produce en una época convulsa, llena de pretendientes que con más o menos apoyos, deciden un buen día declararse “Padres de la Patria” e incluso llegan a acuñar moneda para hacer valer sus pretensiones. Esta nueva dinastía será vista por las fuentes escritas como una nueva rama de paz y para ello no dudarán en descargar elogios, sobre todo en los dos primeros emperadores, Vespasiano y su hijo Tito.

Si nos acercamos a lo que los escritores antiguos como Suetonio escriben sobre la familia de este nuevo enviado, tenemos al igual que en el resto de hombres de este año tan movido, un origen a veces humilde, pero de personas que se hacen a ellas mismas y que, poco a poco, generación tras generación van escalando dentro de los diferentes órdenes sociales hasta llegar al personaje en cuestión, que representa la eclosión de importancia de sus respectivas familias. Además, con ese aderezo que los escritores imprimen a sus narraciones, parece que los dioses siempre quieren que sean estos quienes gobiernen y no otros, porque ya desde la cuna, o en su juventud, han recibido mensajes, llamadas divinas haciéndoles ver que ellos son los elegidos. Esto lo vemos en todas las religiones desde China a América, aunque no quiero decir nombres concretos, para no fastidiar al cristianismo.

En lo que respecta a las predicciones, con respecto a la figura de Vespasiano se mezcla tanto la faceta de, por ejemplo:

“En Judea cuando consultaba el oráculo del dios Carmelo, las suertes le alentaron prometiéndole que todo lo que planeara e ideara, por importante que fuera le saldría bien” (Suet. Vesp. 5,6)

mensajes que las divinidades envían al que va a ser emperador, con otro tipo de mensajes:

“se le acercaron a un tiempo un hombre de la plebe privado de la vista y otro con una pierna enferma pidiéndole la ayuda para su dolencia que les había indicado Serapis durante un sueño, [diciéndoles] que Vespasiano devolvería al uno la vista, si escupía en sus ojos, y restablecería al otro la pierna, si se dignaba tocarla con el pie. Y, aunque apenas creía que tendría éxito alguno y por eso no se atrevía ni siquiera a intentarlo, por fin, al animarle sus amigos, ensayó ambas cosas en la asamblea en presencia de todos y obtuvo el éxito”. (Suet. Vesp. 7, 2-3)

donde se observa en este caso al Flavio como un semidios, una persona que está predestinada y hasta cura a los enfermos.

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Casi, casi podemos aplicar el mismo argumento que los célebres Monty Python hicieron en su afamada Brian´s Life a este emperador el cual, ya al servicio de otros demostró su valía como militar en las campañas de la llamada “Guerra de los Judíos”, en el Oriente romano. Tanto él como su hijo Tito -el inteligente de los dos que tuvo- fueron aclamados por el pueblo de Roma y odiados por los habitantes de Judea, menos por Flavio Josefo, a él le caían bien.

Tras llegar al poder, al ser el único que gobernó durante unos años, pudo desarrollar una política de redistribución de las provincias occidentales -véase el ejemplo de Hispania-, del ejército -aunque no tan radical como en tiempos de Mario u Augusto-, e incluso una reforma de la ciudad de Roma, abandonando el viejo sueño neroniano de la Domus Aurea y devolviendo parte de los terrenos a las personas a las que se las había despojado de los mismos para hacer realidad el sueño del último de los Julio-Claudios. Entre esas familias figura la de los Lamia, que anduvieron por Hispania desde tiempos de Augusto y a los que se les habían arrebatado los Horti Lamiarum. De esa familia tenemos noticias en nuestra península pues parece ser que precisamente en época flavia se construyen algunos de los edificios termales en ciudades del ámbito hispano, como en Valeria. Tras la conquista de Jerusalén en 70 d.e.c. comenzó la reedificación de Roma. Al igual que casi cien años antes había hecho Augusto, Vespasiano apoyado en su hijo Tito -¿dónde está Domiciano?- realiza obras en la ciudad para hacer ver a la población que con él llega de nuevo la Paz y de esa manera asentarse en el poder. Así, se construyó el llamado Templo de la Paz, que además de los restos arqueológicos que podemos apreciar hoy en día cuando viajamos a Roma y paseamos cerca de la Vía dei Fori Imperiali (calle construida en tiempos del “gran” Mussolini rompiendo edificaciones romanas para celebrar sus triunfos), en algunos escritores como por ejemplo en Josefo (Bel. Iud. VII, 5.7-158), Suetonio (Vesp., 9) o Dion Casio (LXV, 15.1) se ve reflejada su construcción.

Pero si algún edificio sobresale por encima de todos los que para la posteridad dejó Vespasiano y que está unido a su nombre, fue el único que él no pudo ver terminado en vida: el anfiteatro Flavio u Coliseo -llamado así por una estatua colosal de Nerón que había en las proximidades-. Éste fue inaugurado por su hijo Tito precisamente con unos juegos a la memoria de su padre.

En Vespasiano convergen una serie de valores como la honradez y el ahorro que a veces han sido llevados al extremo por los autores del momento como el archiconocido por todos nosotros tras estas entradas, Suetonio. Parece ser que incluso osó el emperador en poner impuestos que iban más allá de la lógica -como en la España actual al sol-. Veamos un fragmento:

“Cuando su hijo Tito le censuraba por haber inventado incluso un impuesto sobre la orina, le acercó el dinero obtenido del primer pago a las narices y le preguntó si le molestaba el olor; y al contestarle que no, replicó: Pues es fruto de la orina” (Suet. Vesp. 23.3).